viernes, 17 de agosto de 2007

Pantomima


Cada vez me siento menos a gusto con más gente. Esa manía por hacer ver que nos lo pasamos bien y que estamos felices me mata. Y yo también caigo en ella, más de lo que parece y de lo que querría. Pero luego paro y pienso que a nadie le importan mis desvelos y angustias, y que tal vez a las personas a las que se los podríamos confíar no se los contamos por el aprecio que les tenemos (no ya porque no les importen, sino por no preocuparlos y tal vez hacerles sentir mal por algunas cosas). Aunque quien de verdad está con nosotros lo nota y se ocupa de hacérnoslo saber. Pero éstos son menos de los que nos pensamos. Tal vez es por eso que nos escondemos en la máscara de la felicidad, para no descubrir que para muchos de los que creemos a nuestro lado y a los que tenemos en alta estima les somos indiferentes. Y la sorpresa puede ser mayúscula, porque puede llegar a resultar que gente a la que hemos ignorado esté más pendiente de nosotros de lo que creíamos.

Nada, a seguir con la farsa de la felicidad.

2 comentarios:

Horrach dijo...

Sobre este tema el gran Pascal dice cosas interesantes. De hecho, pienso escribir algo en el blog basándome en textos del francés.

Con esto estamos como con lo de las ctónicas, que la culpa es nuestra, que siempre picamos en los anzuelos porque somos incapaces de soportar ir de verdad a la contra. Además de no saber soportar la soledad, según Pascal, el principal problema del hombre.

El Pez Martillo dijo...

Lo de la soledad es como lo del nihilismo, que está ahí, por mucho que intentemos negárnosla y ocultarla. Y yo también creo que buena parte de lo que hace el ser humano es por no soportar la soledad. Incluso cuando decimos que nos gusta estar solos. Pero no sé yo si esto tiene mucho que ver con la entrada...