miércoles, 17 de octubre de 2018

Apertura

No ir hacia las cosas, sino dejar que las cosas vengan. Estar abiertos, en un estado de apertura permanente. No parece fácil. Para esta labor es preciso el olvido: de esas cosas y de nosotros mismos, en la medida en que ellas y nosotros somos muros que interrumpimos los caminos. Pero que no nos ciegue la palabra camino: no hay kilómetro cero, ni destino, tan sólo hay una eterna movilidad. 

jueves, 11 de octubre de 2018

Publicidad engañosa

Es algo que ya sabemos, pero que no conviene olvidar ni retirar del primer plano: los grandes disgustos nos los van a dar quienes no quieren disgustos. Porque quien bien te quiere te hará llorar. Y como por sus obras los conoceréis, mejor fijarse en lo que la gente hace y no tanto en lo que proclama y publicita de sí misma. Es obvio, pero por obvio nos lo saltamos a menudo y tropezamos, en caídass tontas y evitables. Que al menos nos sirvan para aprender algo. 

viernes, 5 de octubre de 2018

Luz, sonido y calor

Parménides atribuía a los muertos la capacidad de sentir el frío, la oscuridad y el silencio.  Ese es su mundo. Eternamente. Es preciso, pues, acumular y disfrutar del calor, la luz y los sonidos ahora que podemos en este breve lapso de tiempo (el tiempo es cosa de vivos), aunque sea con la falsa creencia de que hay que compensar el máximo posible del abismo en que caeremos algún día, y en el que no tendremos memoria alguna en que consolarnos. 

martes, 2 de octubre de 2018

Va de faroles

De un tiempo a esta parte parezco haber desarrollado cierta sensibilidad a las sincronicidades: esas coincidencias curiosas en las que queremos atisbar algún significado. Una de ellas hace referencia a mis dos "profesiones" y algunas de sus figuras señeras (o al menos , las cuales tradicionalente se han representado con un farol en sus manos. 

En el ámbito filosófico tenemos a Diógenes de Sínope, creador de la escuela cínica, de quien cuenta la leyenda que se paseaba por las noches de Atenas con un farol en sus manos en busca de hombres honestos. Se trata de un filósofo "de segunda", no está en la champions league de la filosofía, pero aquí cuenta con nuestra simpatía y no perdemos una oportunidad de reivindicar el cinismo.  


En el campo enfermero está la madre de la enfermería moderna, profesional y científica, Florence Nightingale, santa laica, que hacía sus rondas nocturnas entre los heridos en la guerra de Crimea con una pequeña lámpara, lo cual hizo que se la conociera como "la dama de la lámpara" y así la ha representado la iconografía posterior. 
Tienen algo los faroles. La luz que uno porta consigo mismo, que ilumina tenuemente un pequeño círculo alrededor, sin que se pierda de vista la oscuridad circundante. Obligan a acercarse a las cosas para verlas, y nos imponen un ritmo más pausado en el avance. 

Obviamente, no me he decantado por estas disciplinas por los faroles, es algo que he sabido a posteriori, pero no dejan de sorprenderme estas coincidencias que lo más seguro es que no signifiquen nada. 

viernes, 28 de septiembre de 2018

Volver a Jünger

He vuelto a Jünger y sus diarios. En su día leí Radiaciones, sus diarios de la segunda guerra mundial. Ahora me he puesto con todo desde los de la primera guerra mundial hasta el final de su vida, los cuales abarcan la práctica totalidad del siglo XX (vivió 103 años). Voy de nuevo por las radiaciones, y debo decir (de nuevo) que son una absoluta maravilla. Recordaba que hace diez años, cuando les hinqué el diente por primera vez, me dejaron muy buen sabor de boca. Pero no los recordaba tan brillantes. A lo mejor soy yo el que he cambiado y ahora sé apreciar cosas que entonces no vi. Entonces subrayé numerosos pasajes, y ahora le estoy añadiendo nuevos subrayados. No se trata de un relato de sucesos al uso. Es más, lo que menos hay son descripciones de hechos. Estos diarios son un compendio de reflexiones y observaciones a partir de los acontecimientos, que son expuesto de forma muy sucinta. Llama la atención la sutileza y el amor por los detalles. Cualquier cosa pequeña (por ejemplo, la contemplación de una flor en un jardín) le sirve a Jünger para elaborar ideas de altos vuelos. 

Aunque las radiaciones estén escritas durante la guerra, esta no es más que un decorado sobre el que se desarrolla la vida. Tal vez porque buena parte de ellos se escribieron en el París ocupado por los nazis, a donde fue destinado y donde tuvo la oportunidad de codearse con las élites culturales de aquella capital (escritores, pintores...). Destaca el relato tranquilo y sereno, casi bucólico, de la guerra: es cierto que estaba lejos del frente, pero la imagen que se nos brinda va más allá del odio primario que el cine nos vende. Hay una normalidad que lucha por mantenerse en medio de la vorágine bélica. A pesar de formar parte del ejército ocupante, intentaba no usar el uniforme, y sólo en una ocasión se sorprende porque ha detectado el odio en la mirada de una tendera. Y sí, estaba en el ejército nazi, pero no comulgaba mucho con sus principios (de hecho, deja caer no pocas críticas), lo que motivó que aprovechara su situación privilegiada para servir de dique e impedir las atrocidades que estuvo en su mano evitar (parece ser que los mandos en París compartían esa idea), y muchas veces sorprende la delicadeza del trato que tuvo con prisioneros y gentes varias con las que se fue cruzando en el avance del ejército. 

En definitiva, estos diarios de Jünger son una auténtica delicia, por las historias que relata (que a lo mejor no son muchas, pero las que cuenta son significativas y dan qué pensar) y por las reflexiones que hace. Altísimamente recomendables. Dan ganas de leerlos en bucle infinito, a ver si al final se pega algo de la forma de mirar de este hombre. 

jueves, 27 de septiembre de 2018

Aquellos incendios

Con el paso del tiempo, las historias que antaño nos conmovieron se ven reducidas a un puro relato, a una historia que ni siquiera podría ser nuestra. Pasiones que nos impregnaron y nos quitaron el sueño, ahora no significan nada. De aquellos incendios ya no quedan ni las cenizas, que han sido barridas por el huracán de los años. Sólo hay un recuerdo incrédulo que duda de que en realidad pasara, porque parece que es algo que le sucedió a otra persona. Podría quedar un poso de melancolía por lo que ya no volverá, la tristeza de lo irrecuperable. Pero ya ni eso. Indiferencia. Sólo eso y nada más.  

lunes, 24 de septiembre de 2018

El lugar

Todos tenemos nuestro lugar. A veces lo encontramos, y otras vagamos buscando el sitio. Para cada persona es distinto: hay quien se queda en la gran ciudad, y otros prefieren el campo. En los últimos tiempos he conocido varios casos: de la capital a la provincia y viceversa, de la ciudad a las afueras, o directamente al campo. Ninguno de ellos ha sido por motivaciones económicas (como ocurre a menudo: te has de ganar la vida y vas allí donde más oportunidades tienes para lo que sabes y puedes hacer), ha sido una decisión consciente y más o menos meditada. Todos parecen haber encontrado cierta calma y felicidad, y dicen estar contentos. 

Luego estamos aquellos cuyo lugar es más bien interior, que no dependemos tanto de circunstancias externas y buscamos otro tipo de sensaciones y alimentos. Quizás en el fondo es lo que todo el mundo busca, pero tan volcados estamos ahí fuera que no lo sabemos ver y nos perdemos en la jungla que nos devora, condenándonos a una odisea en la que no hay ni Ítaca ni Penélope donde arribar. O que sí que las hay, pero que buscamos en el lugar incorrecto.