jueves, 16 de noviembre de 2017

Seamos serios (y dignos)

Vivimos en primera persona. Nuestras cuitas, problemas, preocupaciones (también las alegrías, pero hoy no hablamos de eso) las vivimos nosotros. Nos ocupan. Y nadie más las experimenta, no al menos como nosotros. Es innegable. Pero también lo es que, aficionados como estamos a exponernos y a buscar la aprobación de los demás (seguidores, likes...), tendemos a exagerar y al postureo. Todo sea por acaparar algo de atención. Así, los asuntos se magnifican, a veces de forma grotesca y ridícula. Porque en general nuestros problemas son nimiedades si los comparamos con los que se han vivido y se viven por ahí. Ni hemos padecido hambre, ni guerras, ni nos han metido en un campo de prisioneros, ni nos hemos visto forzados a huir, ni tampoco estamos en una zona dada a las grandes catástrofes naturales. Todo es bastante apacible en nuestro entorno (aunque hay paro, deshaucios, atentados, enfermedades...). Por eso me parecen repugnantes algunos aspavientos y golpes de pecho con según qué temáticas. Y es que aunque nos vivamos con angustia, no está de más ponerse un poco en perspectiva. Por amor propio. Por respeto a quienes de verdad sufren y han sufrido. Y por estética, porque de lo trágico a lo cómico a veces hay un pequeño paso. 

lunes, 13 de noviembre de 2017

Hasta luego, Chiquito

No puedo pasar por alto la gran pérdida del gran Chiquito de la Calzada, don Gregorio Esteban Sánchez Fernández. Yo que soy muy del chiste y la humorada, he disfrutado mucho de sus aspavientos, sus chistes, sus expresiones y palabros. Las primeras veces que lo vimos nos preguntábamos qué hacía ese señor mayor con camisas inverosímiles ahí alargando chistes breves (y malos, por lo general) de una forma inverosímil. Te hacía prestarle atención, y acababas revolcado de la risa. Puede que por momentos se hiciera pesado que todo el mundo imitara sus "jarl", sus "no puedo" y sus "caballos de Bonanza" (las cosas de la moda), pero una vez pasado el furor original, no se le olvidó (como ocurre con muchas modas), y de un modo u otro siguió apareciendo y acabó formando parte del mensaje. 

Gustara más o menos su humor, dos cosas me gusta destacar de él, sobre todo en la hora de su desaparición. La primera es que logró poner bastante de acuerdo a un país muy dado a discutir por cualquier tontería. Chiquito no ha tenido "haters", y si los ha tenido no han sido muy beligerantes. Incluso ha habido culturetas que adoptan poses snob y hacen ver que toman distancias con lo popular han caído en las redes del chiquitismo. En resumen, y ahora se ve, se le tenía mucho cariño, lo cual tiene que ver con la segunda cosa. Y es que era alguien entrañable, buena gente, de esa que se ve entre los más humildes. Porque su vida no fue fácil: tuvo que dar muchos tumbos antes de triunfar en algo que parece que para él era natural (lo de contar chistes con gracia) y no era su profesión "original" (cantaor flamenco, que tuvo que irse hasta a Japón para ganarse el pan, lo cual es tan bizarro que resulta genial). Y el triunfo le llegó a una edad en la que los demás piensan en jubilarse.

Por todo eso, y aunque sea ley de vida, es una pena que se tengan que marchar estas gentes que nos han hecho reír y disfrutar. Así que nada, no podemos despedirlo de otro modo que con su famoso "Hasta luego Lucaaaas". 

miércoles, 8 de noviembre de 2017

El trabajo de la belleza

La belleza está ahí, es más abundante de lo que nos creemos. Sólo percibimos de forma natural la que está saturada de sí y no nos cuesta esfuerzo. Pero hay más. Incluso en lo desagradable y feo la hay. Sólo hay que salir a su encuentro. ¿Estamos dispuestos al esfuerzo y la apuesta?

martes, 7 de noviembre de 2017

Twin peaks. Tercera temporada

Acabo de terminar de ver la tercera temporada de Twin Peaks. Vi las dos primeras y la película (Fuego, camina conmigo) hará cosa de tres años (curiosamente, antes de que se hiciera público que se iba a hacer esta nueva temporada). En su momento, cuando salió la serie, no la seguí, aunque recuerdo muy bien que la gente andaba como loca con esta serie. El famoso "quién mató a Laura Palmer" y la atmósfera misteriosa y onírica que todo lo impregna causaron furor e intriga, al mismo tiempo que debates, teorías e interpretaciones varias. En aquellos años 90 se conjuntaron el FBI y el misterio de una extraña forma y muy exitosa (recuerden Expediente X, que también ha vuelto recientemente). 

El punto de partida es muy sencillo: en el último capítulo de la segunda temporada, Laura Palmer le dice al agente Cooper enla logia roja que lo volverá a ver al cabo de 25 años. Han pasado y se han vuelto a ver. A partir de aquí, el delirio de Lynch. A decir verdad, no sé muy bien lo que he visto. Teniendo en cuenta los viejos capítulos, la película y su tono, no esperaba otra cosa. Pero es que la profusión de escenas hipnóticas, oníricas y extrañas es brutal. Se ha tratado, simplemente (tan fácil y tan difícil), de sentarse en la butaca, poner la tele y disfrutar de los fuegos artificiales sin esperar un sentido. Y sin embargo, de alguna manera extraña, inesperada y desde luego no racional, lo tiene, y se ve sobre todo en los dos últimos capítulos. No es que todo se aclare, qué va. Es más, uno sale con más dudas de las que ha entrado. Y a pesar de ello, se cierra algún círculo, que no es otra cosa que abrir la puerta a más. 

A destacar: las actuaciones musicales. Porqué sí, porque en cada capítulo (excepto en el último), sin venir demasiado a cuento, hay una escena en un bar donde se actúa. Hay apariciones estelares como las de Nine inch nails o Eddie Veder, y otra gente que no conocía, pero todos abundan en la atmósfera lánguida y extraña de la serie. 

Si ha de haber otra temporada, aunque sea dentro de otros 25 años, bienvenida será. Sea lo que sea. 

lunes, 6 de noviembre de 2017

La marcha del tiempo

Últimamente ando con el tema del paso del tiempo, será por la edad, que ya va otorgando una perspectiva. Y que uno ya es oficialmente un pureta, o lo que antes se llamaba un carroza. Hay síntomas por todas partes. Uno de ellos es al salir de noche (cosa que hago ahora en mayor cantidad y calidad que de más joven) y las reacciones con la música. Como me pongan algo "de mis tiempos", aunque en su día no me gustara, me vengo arriba y lo doy todo. De algún modo es mío, y así lo vivo. Pero veo a los jovencillos que hay por allí (me gustan los locales en los que hay gente variopinta y mezclada) que o no reconocen las canciones, o las bailan con más desgana, o simplemente para ellos son clásicos (es decir, algo que está ahí desde siempre). Ganas me entran de decirles que yo viví la eclosión de esos temas, que he conocido un mundo en el que no existían aún. 

El pasado sábado este contraste lo pude ver de una forma muy clara. Un conocido toca en un grupo que hace versiones de grunge. En un mítico garito palmesano dedicado a lo heavy y alternativo. En su día no es que yo fuera grunge, pero me sabía muchos de los temas que tocaron puesto que eran los que sonaban en la radio.  Los más talluditos (habíamos unos cuántos) estábamos encantados, mientras que los más jóvenes, adolescentes y postadolescentes, casi ni conocían nada y se dedicaban a los billares y a menearse por allí sin demasiado entusiasmo. 

Yo lo veo desde mi perspectiva, pero también estoy del otro lado: lo que a ellos les gusta y les motiva (el trap este del que ahora se habla mucho) a mi no me dice nada. Que cada uno tiene su camino, y aunque veces se crucen, no son ya el mismo. 

jueves, 2 de noviembre de 2017

En el mundo

En nuestra sociedad egocéntrica (en la que el Yo es el centro, hacia el que todo confluye y desde donde todo emana), el entorno queda como un mero paisaje, un adorno que acompaña. Sin embargo, se hace preciso el fluir con el ambiente, dejarse llevar, ser más permeable y sensible a todo lo que nos rodea, porque nos condiciona y nos construye en una medida mayor de lo que nos creemos. No es que seamos algo pasivo y siempre a merced, pero tampoco somos el rompeolas firme y seguro que se mantiene en medio de la tempestad (y que por lo tanto, le es en buena parte ajena).

Todo esto, para querer decir que hay que aprovechar las corrientes favorables, saber reconocerlas, evitando las perjudiciales en la medida de lo posible. Saber, en definitiva, que somos algo en el mundo, y no un algo enfrentado a él (no en el sentido de lucha, sino en el de puesto frente a).