viernes, 15 de abril de 2011

Atrapada en el tiempo

En el ejercicio de la profesión, se puede uno encontrar con casos extraños o que se te quedan grabados, por extraordinarios, curiosos, o llamativos.

Uno de estos casos lo conocí cuando empezaba en esto de la enfermería. Trabajaba en un centro de día para ancianos, y allí iba una señora que padecía Alzheimer. Estaba en una fase bastante avanzada de la enfermedad, su memoria apenas existía y se podía valer muy poco (había que llevarla al baño, y hasta caminar ya le costaba). Sin embargo, había algo que la enfermedad no había logrado borrar de sus recuerdos, y lo revivía una y otra vez, en un loop angustioso y terrorífico.

Nacida en Indonesia, allí le pilló la ocupación japonesa durante la Segunda Guerra Mundial. Cayó prisionera junto a su familia, fue torturada y contmepló cómo mataban a su madre y martirizaban a su hermana. Y esto era lo que recordaba sin parar. Se veía el miedo en su rostro, estaba obsesionada por ocultarse de los japoneses, que iban a apagar cigarrillos por todo su cuerpo. Intentábamos convencerla de que no había guerra, de que los japoneses ya no eran enemigos, desviábamos su tenue atención hacia otros asuntos... Por momentos lo lógrabamos, pero el terror volvia al cabo de un momento.

Al final, la anciana murió, no por el Alzheimer, sino por un oportuno tumor que le creció sin que nadie se diera cuenta hasta que ya fue muy tarde. Yo seguí trabajando allí una temporada, luego me fui al surgirme una buena oportunidad laboral. De todos los ancianos que conocí y cuidé, es la que más recuerdo y más me impactó. Todavía la visualizo levantándose y anunciando que se iba porque tenía que esconder a su hermana de los japoneses. Una y otra vez.

3 comentarios:

PENSADORA dijo...

Y eso que dicen que la mente conserva mejor los buenos recuerdos que los malos.

¡pobre mujer! y ¡bendito tumor! eso ya no era vida.

Salud!

Horrach dijo...

También en un trabajo, hace dos años, en cierto centro de asistencia a excluidos sociales, nos llegó un español que se exilió a Francia en los años 40, se alistó y luchó en Indochina. Era buen tipo, muy amable siempre, pero andaba muy traumatizado por sus experiencias bélicas en ese rincón de Asia. Por las noches tenía unas pesadillas tremendas que no eran sino los recuerdos dramáticos de las masacres que contempló o realizó en su día. Se despertaba pensando que estaba en pleno campo de batalla. Lo curioso es que tenía por compañero de habitación, en la cama de enfrente, a un filipino sesentón. Para prevenir posibles consecuencias irreversibles (imaginen: despertar traumático y sudoroso de un teatro del horror repleto de asiáticos, y toparte a medio metro con el rostro de otro asiático...), un monitor pensó que sería buena idea cambiarlos de habitación.

El Pez Martillo dijo...

Sí Pens, bendito tumor. Además, el cáncer fue bastante fulminante (claro, la pobre no era capaz de decirnos si se encontraba mal o no, y la verdad es que se le notó nada hasta que fue muy tarde) y en cuestió de días tras el diagnóstico murió.

Horrach, si una guerra de por sí ya es algo traumático, me parece que la guerra del pacífico lo fue aún más. Los japoneses no se andaban con demasiados miramientos y por lo que sé, sus tropelías fueron tremendas.