lunes, 24 de diciembre de 2018

Anhelo


Recientemente se ha celebrado un concurso de relatos en mi hospital. Participé con este relato al que titulé Anhelo. Como no ha ganado, aquí os lo endoso: 

26 de abril

Ahora que todo acaba no entiendo cómo no lo vimos venir. Vivíamos inmersos en un caos creciente que nos absorbía y no supimos detectar las señales del deterioro. Y de pronto, por sorpresa, llegó el estallido. No nos podía estar pasando. Mientras la lucha se encarnizaba en el frente, aquí empezaron las expropiaciones, los saqueos, el pillaje, las deportaciones masivas, las torturas y los asesinatos. Obligados a vivir semiocultos y a subsistir con nuestros propios medios, nos acostumbramos al miedo y llegamos a poder conciliar el sueño a pesar del temor a que en cualquier instante pueda acabar todo merced a algún bombardeo o a las brigadas patrióticas que van en busca de chivos expiatorios con los que saciar su sed de sangre y calmar la frustración de una realidad que nos sobrepasa.

La situación es muy grave. Al principio creímos que iba a ser breve. El ejército avanzaba y las victorias se sucedían. Parecía un juego de niños y las autoridades nos vendieron el inmediato dominio del continente. Incluso hubo quienes, reacios en un primer momento, se dejaron llevar por la euforia y el fanatismo más radical. Pero no contaban con la astucia del enemigo, que les dejó creer que estaban a punto de ganar. Fue entonces cuando desplegaron la nueva y definitiva arma. Era algo nunca visto: una onda que provocaba que las cosas se derritieran de dentro afuera de forma progresiva. Todo quedaba reducido a un fino polvo. Allí donde había una ciudad, tras el ataque sólo quedaba un desierto de cenizas sobre el que nada podría crecer en varios milenios. Varias urbes han quedado arrasadas y no se conoce de nadie que haya sobrevivido. Por lo que se ha visto en las emisiones de las cámaras antes de destruirse, la gente corría de un lado a otro, desgarrándose las vestiduras, arañándose, gritando, sacándose los ojos... “Me quema” -se oía- “sacadme esto”. Se les vio así durante horas, en una suerte de tarantela masiva. Hubo quien optó por estamparse de cabeza contra las paredes que se iban reblandeciendo, en busca de un final más rápido. Destruidas las cámaras, aún se oyeron alaridos y estertores durante algunos minutos. Después, el silencio.

Así las cosas, ha empezado a correr el veneno de mano en mano. Los hospitales han quedado desabastecidos de somníferos y sedantes. He conseguido varias cápsulas. Todo sea por evitar el horror. Se aproxima a la ciudad una formación de los vehículos que propagan el pulso mortal. Son complejos y lentos, pero casi invulnerables. Ya les he dado la cápsula a los niños. No he querido tomarla aún para acompañarles en sus últimos instantes. Su respiración ya es débil e irregular. Luego será mi turno, y no veo el momento de llegar a la paz.

No hay comentarios: