lunes, 23 de febrero de 2009

El ministro, la princesa y el hospital


Aprovechando que en los próximos días va a producirse la visita de una alta instancia estatal al hospital en el que trabajo, y que anda todo un poco revuelto con preparativos (una manita de pintura por aquí, un poco de asfalto para tapar ese bache frente a la puerta, limpieza a fondo, visitas policiales...), me apetece contar una anécdota que protagonizó hace ya un montón de años el vilmente asesinado Ernest Lluch cuando fue ministro de sanidad, en la segunda legislatura de la presente andadura democrática española (vamos, entre 1982 y 1986).

Se programó una visita al hospital para que el hombre conociera en primera persona la realidad sanitaria del lugar, para lo cual se maquilló dicha realidad. Todo muy bonito y ordenado. Ni masificación, ni mala leche del personal, ni desorden ninguno. El director y las autoridades escoltaron al ministro por el tour que previamente habían organizado, obviando los lugares más cochambrosos del recinto, por supuesto. Todo el mundo quedó muy contento. Todos menos el señor Lluch, que debía conocer muy bien de qué iban esas visitas, porque al día siguiente se escaqueó de su séquito y se presentó, sin previo aviso, en el hospital, recorriendo el lugar a solas y haciéndose una idea, seguro que mucho más realista que la que le habían intentado crear el día antes.

Es una de esas historias que si no es cierta, merece serlo. No tanto por el gesto que narra como por la enseñanza que se extrae de ella. Y es que no hay que habituarse demasiado a las alfombras rojas, que a pesar de hacer la marcha más cómoda, acostumbran a ocultar bastante mierda. No nos olvidemos de levantar la alfombra de tanto en tanto para echar una mirada a lo que se esconde bajo ella.

Que tome nota quien quiera.

3 comentarios:

Horrach dijo...

Como esa película con Robert Redford, de los años 70, 'Brubaker', en la que el nuevo alcaide de la prisión de turno entraba en ella como preso para ver de qué iba la cosa. Brubaker siguió el 'método Lluch', avant la lettre, pero hasta las últimas consecuencias.

Tona dijo...

Ya dicen que "el que pisa moqueta" se acostumbra y ya no desea por nada del mundo dejar esa mullida sensación.

El Pez Martillo dijo...

Recuerdo esa película. Lo de llevar la cosa hasta las últimas consecuencias en el caso hospitalario supondría meterse una sobredosis de algo, o tirarse del balcón, para probar el sistema sanitario a fondo.

Sobre la dichosa visita, sólo decir que la presión está aumentando a medida que se acerca la fecha. La paranoia está empezando a hacer mella en el personal (ya hay quien imagina micrófonos escondidos, agentes de incógnito y revisión de ficheros de los empleados...).