martes, 22 de mayo de 2007

Puertas y ventanas


En mis paseos por la parte antigua de Palma, hay algunos elementos que llaman mi atención. Uno de ellos son las puertas y ventanas tapiadas. Hay muchas, muchísimas. Algunas veces me paro ante ellas, preguntándome a dónde conducirían, cuánto tiempo llevan así, quiénes y porqué decidieron hacer tapiar esos lugares de observación y de paso. No dejan de provocarme cierta tristeza estos umbrales que ya no lo son. Quedan los dinteles, como señales de lo que en otro tiempo fueron, y que tal vez deseen volver a ser. No dejan de resultar inquietantes estas aberturas cerradas, porque suponen cicatrices en los edificios, en las paredes, y gritan sobre el paso del tiempo y el fluir de todo lo que creemos imperturbable. Seguro que las gentes que atravesaron esas puertas y que se asomaron a las ventanas nunca pensaron que acabarían así. Y más aún, frente a la aparente quietud del casco antiguo, donde todo parece estar fijado así desde hce siglos, estas puertas y ventanas nos dicen que no, que todo cambia y que no siempre la ciudad ha sido como la conocemos. Y lo siguiente es preguntarse acerca de cómo era Palma cuando todo eso que ahora está tapiado ahora estaba en funcionamiento.

Pero al pensar todo esto, uno se da cuenta que la ciudad está inmersa en un cambio continuo, a pesar de que se pase por los mismos sitios desde hace años, y que se crea que todo está igual que siempre. He visto desaparecer lugares emblemáticos para los palmesanos. los que más han dolido han sido los bares y los cines (algunos de los cuales, a pesar de hacer años que no existen, siguen dando nombre al lugar donde estuvieron). Paralelamente, también he visto surgir parques y nuevos edificios que con el tiempo se convertirán en tan cotidianos y básicos como era lo desaparecido. Y también hay mucho que se mantiene en pie, inmutable desde hace décadas y siglos. Ahí está aún el edificio donde nació mi abuelo, ruinoso, abandonado, pero en pie en medio de una de las calles más estrechas y cochambrosas de la ciudad. He visto plazas reformarse, algunas para bien y otras para mal, parques que se suponía que tenían que ser pulmones para la ciudad ser cubiertos de cemento y reformados muchas veces en pocos años. Y he visto puertas y ventanas que han sido tapiados. Incluso algunas que han sido abiertas de nuevo.

2 comentarios:

Horrach dijo...

impresionante tiene que ser la experiencia de alguien como el escritor Julio Llamazares, que nació en un pueblecito que ya no existe, pues fue primero abandonado y luego sepultado por el agua de una presa. Salvo que se ponga a bucear, difícilmente va a poderse pasear por los lugares que le vieron nacer. Seguro que si Llamazares fuera filósofo marzoano-pagliano sacaba unas buenas reflexiones sobre su condición de exiliado cósmico.

Ojos de Lechuza dijo...

Una reflexión muy pero que muy lograda, Pez martillo. Creo que yo quise referirme a un... halo parecido cuando escribí esta entrada:
http://alalcomeneide.blogspot.com/2007/04/caos-cosmos-10-halo-hueco.html
Aunque, para variar, no se entiende un carajo.