viernes, 9 de febrero de 2007

Despotismo desde el lecho


El ser humano no deja de dar sorpresas. Incluso en situaciones deplorables de salud y estando más muertos que vivos podemos llegar a ser unos cabrones del quince. Intentamos no verlo, la lástima que nos han enseñado a sentir por todo lo débil y enfermo nos lo impide. Si lo insinuamos aparecerá alguien que se indignará y dirá eso de "no digas esas cosas, pobrecito". Pero la verdad es que hay casos en los que se aprovechan de nosotros y nos llegan a hacer chantaje. ¿Acaso nadie ha aprovechado la circunstancia de estar en cama para dejarse mimar, para beneficiarnos de esos sentimientos piadosos que inspiran los enfermos?

Al enfermo hay que prestarle toda la ayuda que necesite, tampoco se trata de desahuciarlo y abandonarlo a su suerte. Pero los que nos dedicamos al cuidado no debemos caer en la lástima. Ya me lo dijeron el primer día de la carrera: no somos madres de nadie, ni tampoco monjas (dos asociaciones típicas de la enfermería). Y esta noche lo he comprendido mejor que nunca.

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