sábado, 21 de noviembre de 2015

La culpa de la desgracia

Curioso: ante determinado tipo de agresiones, no se puede ni siquiera insinuar que la víctima se lo ha buscado de alguna manera. Ante otras, en cambio, no se hace otra cosa que proclamar a los cuatro vientos que quien ha sufrido el golpe es en el fondo el culpable de su desgracia. ¿Doble raseros? ¿Matices que se me escapan? ¿Ignorancia? ¿O simple maldad?

lunes, 9 de noviembre de 2015

Esclavos del horizonte

No busco adhesiones inquebrantables. Ni unanimidad ni coherencia (al menos en el tiempo, tenemos derecho a cambiar y dar giros). Es más, me ofendería que alguien suscribiera al pie de la letra mis palabras, sin intentar introducirles algún matiz o pero. Me resultan sospechosos los seguidores de consignas, los recitadores de eslóganes, los discípulos que no tienen ambición ninguna de ir más allá. 

El mundo es amplio, el espacio es inmenso, debería ser delito encerrarnos en un horizonte y no intentar empujarlo más allá. 

sábado, 7 de noviembre de 2015

De la furia iconoclasta


Quien para hacerse valer ha de destruir lo que otros han hecho, por muy deleznable que sea, poco tiene que ofrecer. Si de verdad se es superior, se hace algo grande, algo que empequeñece y convierte en ridículo a lo otro, no se avergüenza de que sus contrarios estén ahí, porque en su estar, subrayan su ser. 

domingo, 4 de octubre de 2015

Sisa vs Llach

A raíz del asunto que nos mantiene entretenidos últimamente, el "procés" catalán (me pregunto en qué estarían pensando al empezar a usar un eufemismo que en seguida nos hace pensar en Kafka, cuando tenían a mano "la solución final", mucho menos equívoco), y la implicación de cierto viejo cantautor (Lluis Llach) en la performance, algunos han querido reivindicar a otros autores catalanes como Jaume Sisa, que se presenta como la antítesis de Llach. No porque sostenga posiciones políticas contrarias (cosa que no sabemos, porque que yo sepa no se ha pronunciado al respecto), sino porque su propuesta artística es otra cosa. En primer lugar, en el aspecto político, no nos está sermoneando continuamente, pregonando lo que piensa (con lo cual lo que en realidad nos está diciendo es lo que tenemos que pensar). Sus conciertos, los de Llach (he visto unos cuantos), son actos cuasi religiosos, de caras transidas de placer, cánticos comunales y aplausos unánimes. Sisa, en cambio, es la ligereza y el juego. Se autocalifica de galáctico, pero sus galacticidad no es como la del Real Madrid (que también es pesado e indigesto), sino que tiene a la ingravidez como principal rasgo. Y así, se ha permitido jugar con la música y hasta con su personalidad (tuvo una etapa madrileña en que se hacía llamar Ricardo Solfa). 

En definitiva, que Sisa es otra cosa, más ligera, irónica, juguetona, ridícula a veces (conscientemente ridícula), menos pesada y autocomplaciente. Alguien a quien preferiría a todos esos espíritus sacerdotales que se ponen al frente de las mil y una causas. Pero claro, es que la ingravidez le impide liderar nada. Y así debe ser. Por eso, me quedo con Sisa antes que con Llach. 

Y por eso les dejo con una colaboración reciente de Sisa con otros dos "galácticos" (aunque no tanto como el maestro) con los que últimamente se deja ver. 

miércoles, 30 de septiembre de 2015

Lo correcto

Vivimos tiempos autocomplacientes. Todos somos la clave de bóveda del universo, y nuestras actitudes y creencias son las mejores. Por lo tanto, cualquiera que se desvíe de ellas, está bajo sospecha. Mientras tanto, todo se derrumba a nuestro alrededor. Pero no es culpa nuestra, es cosa de los otros, que ya les vale, no seguir nuestra senda. 

Esta tesitura es el substrato para que acabemos cometiendo los mayores desmanes, y nos hace falta más autocrítica, dejar que se cuele la duda en nosotros y nos impregne, para ponernos un poco de freno. 

No tengo ninguna duda de que Stalin con sus purgas o Hitler con su solución final (los malos malísimos de la historia) estaban convencidos de actuar correctamente.  

lunes, 28 de septiembre de 2015

La ventana de oportunidad

En toda empresa humana, hay un momento en el que actuar, en el que ponerse en marcha, donde todo está dispuesto para ello, y que hay que saber ver y aprovechar. A veces lo de menos es la capacidad para llevarlo a cabo, lo importante es percatarse de cuando hay que dar el paso al frente. Puede ser un instante, unos días, unas semanas, o meses, la ventana se abre y luego se cierra tal vez para siempre. Saberlo ver es ya un buen trecho del éxito recorrido. 

domingo, 13 de septiembre de 2015

Nuestro vecino del quinto

Tengo un vecino que es para echarle de comer a parte. Capitaliza las reuniones de la comunidad con sus intervenciones y sus salidas de tono. Vocifera, no deja hablar a los demás (sobre todo si opinan contra él), influye en las votaciones, cuestiona el voto de los demás apelando a oscuros intereses... Siempre aparece con un montón de documentos, los esgrime y agita en el aire, y está al tanto de todas las legislaciones vigentes sobre mil y un aspectos de la administración de fincas. No sabemos muy bien a qué se dedica (aunque se le ha preguntado con insistencia, siempre ha salido con evasivas), si es abogado, arquitecto o qué puñetas es, porque ha tratado a otros abogados y arquitectos de inútiles e incluso ha cuestionado que de verdad se hayan sacado el título. 

Hace un par de años, apelando a facturaciones irregulares por parte del administrador ("la administración nos roba"), y con la democracia todo el rato en la boca, promovió una votación para cambiarnos de administrador. La mayoría votó por seguir con el mismo. Entonces la democracia ya no le gustó tanto, y abandonó la reunión entre blasfemias, amenazas y aspavientos. Pasó el tiempo, y hace poco hemos recibido una notificación del administrador anunciando que dejaba de administrarnos y que nos buscáramos un administrador nuevo. Al final ha resultado que este vecino ha seguido malmetiendo por su cuenta, se niega a pagar facturas, y ha influido en otros vecinos para que hagan lo mismo. Es posible que tenga razón y su cuestionamiento de la forma de administrar sea legítimo, pero la cuestión es que con malas artes ha acabado consiguiendo lo que quería. Por cansino, ha logrado que los demás desistan. Y ha conseguido también que se elija al administrador que él quería, en una reunión que fue poco menos que esperpéntica, con una votación que no cuadraba y que se acabó efectuando de forma nominal (lo cual, en vista del personaje en cuestión, me pareció inquietante) y con serias amenazas de ser impuganda. En fin, que nuestro vecino del quinto nos ha metido en un marrón de difícil solución, del que sólo podemos salir al margen de él. Pero él es precisamente el elemento constante, el que enturbia y nubla, el que impide, el extraño. 

Y digo yo: ¿a qué viene todo este rollo?