jueves, 11 de septiembre de 2008

Una puesta de sol



Al fondo, el Galatzó (se le ve más pequeño de lo que es)

Mis dos ruedas siguen regalándome buenos momentos. La combinación de a velocidad, el ejercicio y el entorno generan sensaciones extraordinarias. Si además se acompaña de buena música, el disfrute está servido. Ya hablé el otro día de un momento para recordar. Pero lo de ayer lo superó, así que conviene dejar constancia.

De vuelta, ya a las siete y pico de la tarde, tras unmos veinte kilómetros de pedaleo contra el viento, llegué a la zona de Es Carnatge. Se trata de un terreno sin edificar, protegido (por lo visto tiene cierto interés su conservación, puesto que se encuentran fósiles muy antiguos, por no hablar de lo que queda de unas viejas baterías antiaéreas), y por el que transcurre un discreto paseo. Está situado a unos pocos kilómetros de Palma, al lado de lo que fue la central eléctrica de San Juan de Dios (y del hospital homónimo), y justo al final de las pistas de aeropuerto. Este hecho lo convierte en un lugar muy particular, puesto que los aviones despegan o aterrizan por allí, facilitando el espectáculo de sentirlos pasar a unos pocos metros por encima de la cabeza (incluso se puede notar el remolino de aire que dejan a su paso).

Pero centrémonos. Justo en ese punto por donde pasan los aviones, y en el instante en que uno estaba aterrizando (uno pintado con colores lamativos, que me obligó a desviar la vista del camino y contemplarlo), una libélula se puso delante de mí, y, durante unas decenas de metros, voló ante mi manillar, como guiando la bicicleta y tirando de ella. Un avión justo encima y una grácil libélula delante. En esos momentos iba a unos 30 km/h, y ante esa compañía, parecía que yo también estuviera volando con ellos.

Pero lo mejor aún estaba por llegar. Justo después de ese instante, hice un giro de casi 90º y me encontré con una preciosa puesta de sol. Ante mi, Palma y su bahía, y al fondo, el monte Galatzó, imponente y dominando, como de costumbre, la bahía. El sol estaba bastante bajo, empezando a dar esa luz tenue que caracteriza el crepúsculo. Además, la tarde era clara y no se veía la habitual bruma-calima, facilitando unas condiciones de visibilidad difícilmente mejorables. Con la relajación mental que otorga el estar de vacaciones, no me quedó más remedio que pararme en una escollera y sentarme a contemplar un rato el espectáculo y tomar algunas fotos (a este paso, tendré que cargar con la cámara de fotos, que las hace de mejor calidad que el móvil).

Esta vez la música también acompañó, en la selección que llevo en el mp4, sonaron, entre otras, The house of the rising sun de los Animals y The man who sold the world, de Bowie, haciendome disfrutar más del momento. No pude quedarme mucho más, puesto que había que aprovechar la luz que aun quedaba para lo que quedaba de trayecto (prefiero no circular de noche en bici, que ni veo ni me ven).


4 comentarios:

PENSADORA dijo...

Ains! que buenos esos raticos y que atardeceres tan guapos nos brinda la isla... ¡jo ya tengo ganas de llegar!

El Pez Martillo dijo...

Pues hace tres días que no hay buenas puestas de sol, porque estamos con una ola de calor africano espantosa, con mucha humedad, y el cielo está brumoso y feo. Espero que para cuando vengas la cosa esté un poco mejor, porque esto es insoportable (se duerme fatal, y luego se va todo el día como un zombi). En cualquier caso, te esperamos!

Horrach dijo...

Esa zona suele proporcionar bonitas estampas que vale la pena fotografiar. Yo tengo varias que tiene su gracia, pero tomadas un poco antes, en Ciudad Jardín.

shalom

PD: pues parece que mañana va a substituir a esta ola de calor africana unas buenas lluvias y algo de frío. Lo que le faltaba a mi laringe!

El Pez Martillo dijo...

¿Con lo de bonitas estampas se refiere a la que usted y yo sabemos que reside por esa zona?

No se preocupe, que esta noche pondremos en marcha un plan de choque para su laringe. La desinfectaremos. Y ya de paso, las nuestras también las vamos a desinfectar. Más vale prevenir...