domingo, 14 de enero de 2007

Detrás de la profesión


Uno de los caballos de batalla de la enfermería, o, mejor dicho, de algunos colectivos en la enfermería, es el tema de la pornografía. Y es que todos hemos visto alguna vez a alguna "enfermera sexy" en el cine o en la televisión (o, directamente, en algún producto audiovisual de carácter erótico). Desde las neumáticas enfermeras de Benny Hill hasta la minibata ajustada que vestía la enfermera de Médico de familia, el tópico erótico se ha explotado hasta la saciedad. Algunas aducirán que es una imagen machista y falocrática de la que se sirve la sociedad para aliviar las tensiones de los aspectos reprimidos de nuestra personalidad. Otras, y si me tengo que alinear, me alineo con ellas, dirán que de este modo se da una imagen falsaria de la labor de la enfermería, obviando todo lo que hay detrás de la tarea de los cuidados (estudios, investigación, datos científicos...). Así, la imagen que queda ante la sociedad es la de una profesión frívola y "alegre" cuya principal función es la de dar "satisfacción" a los pacientes (y, eventualmente, también al personal médico). Si a esto añadimos la tradicional asociación de enfermería con otra profesión femenina y con un alto potencial erótico, la de monja, la cosa se ve ampliada. Hay estudios en los que se muestra que las películas pornográficas relacionadas con la enfermería tienen un porcentaje mayor que las relacionadas con cualquier otro colectivo profesional. Estos estudios y actitudes tienen un tufillo moralista que, detrás de una reivindicación, esconden una pretensión normativista y represora (como ocurre con muchas reivindicaciones, que lejos de pretender ampliar un derecho o alguna clase de reconocimiento, parecen más dirigidas a instaurar alguna clase de prohibición).

Más allá de consideraciones morales o pretendidamente profesionales, siempre me ha llamado la atención entre la asociación enfermera-erotismo. Muchas veces me he preguntado por el origen de esta relación. Porque no parece que la situación de tener que dar o recibir cuidados en un momento de enfermedad sea el más adecuado para disparar el deseo. Más bien todo lo contrario (todos hemos estado enfermos alguna que otra vez, y cuando uno se encuentra mal es en lo último que se piensa). Ahora bien, si tenemos en cuenta lo que ocurre al necesitar los cuidados de enfermería, tal vez podamos iluminar un poco la cosa. Como ya dije en otra entrada, la situación más habitual en la que esos cuidados son necesarios es cuando se padece una enfermedad. En estos casos se produce una cierta dejación, se está a merced de todos los profesionales que se encargan de estos asuntos. El médico diagnostica y pauta unas medicaciones. Es, por decirlo de algún modo, el miembro más aséptico de todo el equipo. Pero la enfermera, al ocuparse de los cuidados, al sustituir o ayudar al individuo en sus autocuidados, está adoptando un rol activo que tiene una incidencia vital en el vivenciar la enfermedad. En la enfermedad estamos indefensos, a merced de un equipo al que acudimos para que solucione nuestros problemas y nos ayude. Podría hablarse de una cierta regresión a estadios infantiles , en los que no éramos independientes y necesitábamos de los cuidados y la supervisión maternos para desenvolvernos. La enfermera como figura maternal (aunque sea de forma temporal). Edipo nos sale al paso. Y se muestra con mucha más claridad, ya que con la enfermera-madre no funciona el asunto del incesto. Es madre y no-madre al mismo tiempo, y podemos fantasear con ella más de lo que lo hacemos con nuestras madres. Y vaya si fantaseamos, sólo hace falta acudir a la sección prono del videoclub.

Además, hay que tener en cuenta la base orgánica que la ciencia ha dado a la enfermedad. En la enfermedad se produce una caída en lo orgánico, una vuelta a la pura y dura biología, a la víscera (los aspectos vivenciales han sido dados de lado por la medicina moderna). Por lo tanto, la situación de enfermedad y los cuidados que conllevan tienen una dimensión de contacto físico que lo acercan a la cuestión del erotismo. Es más, esa dimensión de contacto implica a menudo la exposición del cuerpo desnudo o de regiones habitualmente ocultas, y la relación con fluidos corporales varios. Más o menos igual que en el erotismo.

Me adelanto a algunas objeciones. Lo que digo lo refiero al mundo de las generalidades, en las que las enfermeras son tradicionalmente mujeres y el mundo es un mundo organizado según categorias masculinas (la mujer no ha avanzado tanto como ella misma quiere hacerse creer, más bien al contrario). También estoy hablando del trasfondo, de las bambalinas a veces ocultas que hay tras una disciplina altamente profesional y con vocación científica. No solemos darnos cuenta de que a veces construimos todo un complejo andamiaje racional en torno a cuestiones poco o nada racionales. Soy consciente de que hay pacientes femeninas (lo de las categorías masculinas ha impedido ver que aquí puede haber algo interesante, ya que tal vez, la relación que se establezca aquí tenga poco fondo erótico), y de que hay algunos enfermeros (con los que se puede rastrear el trasfondo que hay en la relación enfermero-paciente y enfermero-pacienta, permítanme la licencia).

6 comentarios:

Horrach dijo...

Muy interesante su texto, amigo Martillo. Nunca he sido enfermera, pero sí enfermo hospitalario (en dos tandas de un mes cada una), y puedo dar fe que, para un amante de la pornografía y del género 'enfermera-rubia-que-te-mete-un-dedo
por-el-culo-para-tomarte-la
temperatura', estar convaleciente en la cama es lo peor que le puede pasar a la libido. Pero de todas maneras se entiende que su trabajo sea motivo edificante para mentes calenturientas, tiene sentido lo que escribe. Pero a mí siempre me ha hecho más gracia en el porno el género monjil, pues pervertir a una novicia angélica siempre tiene más gracia que a una enfermera rubia como la que muestra. En la monja se pone en juego su condición virginal y espiritual, de ahí el potencial perturbador y transgresor de estas pelis.
Saludos.

El Pez Martilllo dijo...

¿enfermera-rubia-que-te-mete-un-dedo
por-el-culo-para-tomarte-la
temperatura?¿Quiere decir que le gusta que le-metan-cosas-por-el-culo? Mire que llamo al arcángel mensajero del buen rollismo.

Respecto a lo de las monjas tiene usted razón. El tema es muy morboso. No sé porqué me ha traído a Sade a la cabeza.

Horrach dijo...

Primero: no malinterprete, malandrín, que he dicho dedito de señorita (enfermera rubia como la de la foto), no polla maricona.

Segundo: ¿No es la próstata el 'punto G' de los hombres? Pues a la próstata sólo puede llegarse por el culete, amigo Pez. ¿O se me va a poner mojigato usted a estas alturas, hablando de Sade?

El Pez Martilllo dijo...

Tiene usted razón con eso de la próstata. Aunque la rectal no es la única vía de acceso. Le informo de que también existe la vía transuretral (en cristiano: por el bujero por dónde usted y yo, y todo hijo de vecino orinamos).

Horrach dijo...

Aclaremos, amigo Pez: el fin de que unos deditos femeninos acaricien la próstata es el de procurarme el mayor placer posible. Y creo yo que si cambiamos el itinerario por el rodeo de la uretra, el fin conseguido sería un dolor espantoso, y uno está muy hedonista últimamente para estos experimentos.

¿Y usted? ¿Le da a la próstata? ¿Se imagina los dulces deditos de su querida Musa, urgando lentamente...?

El Pez Martilllo dijo...

Vayamos por partes:
Apunte sadeano: el dolor también puede llegar a producir un enorme placer (administrarlo y padecerlo), todo es cuestión de reeducación cognitiva. Además, si duele, hay una cosa muy agradable que se llama morfina.

Desgraciadamente, yo no poseo próstata. Me la hice extirpar en el trabajo como medida preventiva de una más que probable hipertrofia o cáncer que a buen seguro sobrevendría con el paso de los años. Y como uno es un hipocondríaco, preferí tomar medidas ahora que aún puedo superar con fuerzas el paso por el quirófano. Tres días después descubrí, en una revista femenina de esas que tanto nos gusta mirar a los hombres, el asunto de la próstata como gran zona de placer. Y me arrepentí de lo que había hecho. Pregunté si conservaban mi pobre próstat en algún sitio o si me la podían reimplantar, pero el cirujano se negó en redondo, y aún no hay próstatas de silicona. Así que ajo y agua.

En cualquier caso, puedo imaginar eso que dice de la Musa, y me provoca estremecimientos. Pero sé muy bien que las musas son esquivas, y dudo que contara con su beneplácito (y menos no teniendo próstata).

PS: en la misma intervención en la que perdí mi añorada glándula prostática hice que me extirparan las amígdalas y el apéndice. Más vale prevenir. Y en el quirófano no había ninguna enfermera de esas que nos gustan tanto. Todo eran tíos. Menos mal que me durmieron rápido, y no sé si abusaron de mi (diría que no, pero a veces tengo pesadillas...).

Les dejo, que viene el celador con la medicación...