viernes, 4 de diciembre de 2009

Los artistas, neoludistas


A principios del siglo XIX, en plena explosión del progreso fraguado por la revolución industrial surgió un movimiento obrero conocido como ludismo (de Ned Ludd, su creador). En líneas generales, se trataba de oponerse a todo avance técnico, puesto que consideraban que las máquinas perjudicaban al obrero y a su trabajo. Sus acciones eran contundentes: se dedicaban a irrumpir en las fábricas y destrozar la maquinaria. Este movimiento duró poco, apenas un par de décadas, pero puso sobre la mesa el recelo que todo avance revolucionario produce.

Ahora, dos siglos después, y metidos de lleno en otra revolución, la informática, se habla de neoludismo. El recelo va dirigdo a Internet y las nuevas tecnologías, que son vistas como el peligro de nuestro tiempo. Si en el XIX las posturas ludistas fueron más bien minoritarias, en el XXI nos hallamos con potentes grupos de presión que, al menos de forma parcial, adoptan posiciones cercanas al ludismo. Me estoy refiriendo, por si no lo han captado, a nuestros queridos y nunca bien ponderados (eso creen ellos) músicos y cineastas, y a sus pretensiones de afrontar por las bravas (cierres de webs, cortes de internet a usuarios...). Lo más llamativo es que parecen creer que la industria y sus actividades van unidas, cuando en realidad es una unión circunstancial. Así, dicen que si se acaba la industria, su arte muere. Y aunque malvadamente, deseamos que sea verdad (más que nada para que dejen de dar la lata), lo cierto es que llegan a dar lástima (si es que se creen lo que dicen). Porque ciertamente, la cuestión de los derechos de autor está sometida a una fuerte presión desde la red y las posibilidades que nos brinda. Pero me parece que enquistarse en intentar mantener el esquema decimonónico (porque el tema de la autoría, tal y como la conocemos nosotros y aquí, viene de finales del XIX) que hace aguas por todos los lados no es la actitud más adecuada. Lo que creo que habría que hacer es ver cómo puede adaptarse el tema de los autores a los nuevos tiempos (tarea nada fácil, es verdad).

Lo triste es que parece que los gobiernos, desorientados como están (a veces llego a pensar que en los últimos años la desorientación es inherente a los gobiernos, que también se mantienen en un esquema rancio sobrepasado hace tiempo por la realidad), les siguen el juego. y en esta tesitura, no se me ocurre otra cosa que pensar en otra teoría decimonónica que sí que sigue vigente: esa de que sobreviven los que se adaptan a los cambios en el ambiente. Lo que pasa es que hay cambios tan enormes que son más bien cataclismos, y sólo muy pocos pueden adaptarse a ellos y al precio de un enorme esfuerzo. Y claro, me temo que ahí está el problema, en el esfuerzo, que como siempre son otros los que han de hacerlo, y como siempre suele ser el ciudadano (que así, en abstracto, no tiene cara y es fácil de machacar).

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