sábado, 23 de diciembre de 2006

Para la libertad


Se ha tendido a ver en la libertad un valor positivo, un hecho que nos enriquece y que nos hace humanos. Ciertamente, nos creemos libres, y creemos también que esa libertad es lo que nos constituye como lo que somos. Este es el suelo del que han partido casi todos los desarrollos conceptuales en torno a la cuestión de la libertad (San Agustín, Hobbes, Locke, Stuart Mill, los ilustrados franceses, y todos los que han venido después, la lista es enorme). Incluso es la base de nuestro pensamiento político. Así, se habla de libertad negativa (muy física, centrada en los resultados, podemos actuar libremente siempre y cuando no tengamos obstáculos para la acción) y la positiva (cuyo punto de mira estaría más en el origen de las acciones, en una supuesta voluntad libre que se define por tal o cual acción o pensamiento). Las dos me parecen insuficientes. En cualquier caso, no son incompatibles, y lo más apropiado tal vez sea hacer una síntesis, porque en todo acto hay un componente interno (el acto de voluntad o la combinación de impulsos por el cual nos decidimos a hacer tal o cual cosa) y otro externo (el acto en sí), una combinación de elementos positivos y negativos.

Pero yo quería poner sobre la mesa otra forma de entender la libertad, mucho menos clara y más siniestra. Se trata de aquella que la ve como un impulso, como una mera tendencia del ser humano (y no sólo de él). ¿Un impulso hacia qué?. Yo diría (y no soy el único) que hacia el dominio. De este modo, la libertad sería lo que nos lleva a superar las barreras que el medio (físico y cultural) con vistas a ponerlas a los demás. El camino para no tolerar ni aceptar ninguna imposición externa es el de imponer yo las mías, impidiendo así que otras libertades frenen mi(s) impulso(s). Así, resultaría que la opresión sería el sometimiento (voluntario o no) a una libertad más fuerte que la mía, que se ha sabido dotar de mejores medios que la mía.

Desde esta perspectiva, se comprende bien la formación de gobiernos, el establecimiento de medidas represoras y el comportamiento de algunos dictadores y gentes con poder del mundo entero (que muy a menudo es arbitrario, es decir, libre, en exceso). También se entiende el oroigen de la cultura y la misma evolución natural. El mundo es un cúmulo de impulsos (en última instancia, todo impulso es libertad, hasta el punto de que podríamos sinonimizar los dos término), y en su lucha por la imposición y el dominio han ido generando todo lo que vemos, hasta, de momento, llegar a nosotros y todos nuestros inventos (cultura, religiones, arte, tecnología, leyes...).

Bakunin decía que yo no podría ser libre hasta que todo el mundo no sea libre. Yo digo que no seré libre (como estado, no como impulso, no como en-camino-hacia) hasta que haya dominado a todo el mundo.

6 comentarios:

Horrach dijo...

Buena reflexión, Pez.

A más libertad, mayor incertidumbre, y a más incertidumbre más neurosis, y a más neurosis más conflictos, y a más conflictos...
Por eso en las dictaduras hay menos conflictos sociales. Ya lo dicen esos penosos analistas de la prensa española: que en Irak, con Hussein, no había los crímenes de ahora. ¡Claro, no te jode, como España con Franco! ¿No dicen los franquistas que Franky nos trajo "40 años de paz"? La paz 'de los cementerios', claro. ¿Y encima hay que aplaudir tamaña demagogia?

Y la frase de Bakunin me parece despreciable. Los absolutos no existen en lo realidad, la Libertad no es más que una condición de posibilidad, una potentia. En el fondo (y en la superficie), la frase de Bakunin trata de legitimar lo contrario de lo que dice, es decir: como nunca va a haber Libertad, siempre estará justificada cualquier opresión.

(discúlpeme el administrador de este blog el tono bronco, pero es que estas fiestas...)

El Pez Martilllo dijo...

Me ha gustado eso de potentia. Viene a expresar lo mismo que yo quería decir al hablar de impulso, que se trata de un estar-dirigido-a, estar-en-camino.

Personalmente, prefiero los tránsitos, los flujos a los estados, lo dinámico a lo estático. Y la libertad, a pesar de lo dicho de que para muchos "es" algo, representa algo que somos, no es nada de eso, sino más bien lo contrario, un no-ser-todavía para el que los demás, las demás libertades, son obstáculos que superar.

Y me estoy metiendo ya en un nivel en el que resulta difícil hablar de otros, de otras personas. Prefiero hablar de otras libertades, de otros impulsos que nos encontramos por ahí. Incluso nosotros no seríamos más que una jerarquía de impulsos organizados y en constante equilibrio inestable (el Yo se convierte en reloj daliniano)

El Pez Martilllo dijo...

Y no se deje usted llevar por el ambiente. Ya sabemos que molesta un poco la vorágine que se monta todos los años por estas fechas, pero encabronarse es una forma de estar afectado por ello. Lo mejor es la indiferencia, como si la cosa no fuera con uno (en eso consiste más o menos la Gelassenheit heideggeriana de la que le he hablado en su blog).

Y aunque se me enfade: felices fiestas. Aproveche las comilonas.

Horrach dijo...

La indiferencia es un sistema que he probado pero que no me funciona, mejor el cabreo (controlado), que purga más la mala leche, es más expiatorio. Si algo me cabrea, reprimir ese sentimiento lo único que hace es desviar ese cabreo hacia otro ámbito, y eso puede ser peor. Mejor aceptar la propia debilidad, que soy irascible, es decir, que soy dependiente de lo externo, y como dependo, me enfado, y como me enfado, grito, y como grito...

Eulalia dijo...

Tu discurso es demasiado metafísico para mis entendederas; me resulta tan imposible de entender como cuando escucho o leo debates sobre la existencia de Dios: siempre termino por preguntarme de qué me sirve.

Identificar libertad e impulso me hermana con el virus de la gripe; para empezar, no está mal, aunque me da que en el caso de nuestra especie la cosa se complica un pelín con el asunto de la auto-conciencia.

El control absoluto llevaría a la soledad absoluta, y eso no me parece ni medio molón, de modo que tiene que haber otra definición de libertad científicamente más aceptable: el impulso de la reproducción - esencial - nos pide compañía...

El Pez Martilllo dijo...

Aclaremos por partes.

Ciertamente el discurso es metafísico, esa era mi intención. El para-qué-sirve es uno de mis demonios. En mi condición de licenciado en filosofía me he tenido que enfrentarme muchas veces a ella. Es una de esas preguntas-comodín que dejan sin respuesta a quien las padece. Pero como buen comodín, se pueden aplicar a todo, y los resultados son increíbles. Prueba a preguntar a todo su para-qué, igual que los niños con el por-qué. Se llega a una especie de desierto, porque al final que todo sirve para bien poco.

La autoconciencia: tema complejo donde los haya. También lo pienso derivado de un impulso, incluso del mismo impulso de dominio-libertad (¿cómo va uno a dominar sin saberse dominador?). ¿Y si resulta que el virus, a su manera, inescrutable para nosotros, también tiene una autoconciencia?¿Hasta que punto la autoconciencia está conformada por la heteroconciencia? (dicho más sencillo, lo que yo pienso y opino, de mí y de los demás, es el fruto de lo que los demás piensan y opinan, de ellos y de mi). Preguntas y más preguntas. ¿Sin respuesta?. ¿Qué más da?.

El dominio absoluto es imposible. Es a lo que tendemos, pero el hecho de que ante nosotros (y hablar de nosotros ya es confuso) tengamos otros impulsos de dominio-libertad lo hace inalcanzable.

La soledad es el terreno en el que nos movemos. Creemos estar acompañados, y tendemos a borrar los abismos que nos separan. Con el dominio, de algún modo integramos a los otros en nuestra órbita, así minimizamos los abismos. En el impulso reproductivo (¿es un eufemismo para no hablar del devaluado amor?) se pone de manifiesto el ansia dominadora de forma más clara que en ningún otro caso. No es compañía lo que buscamos, sino someter (el problema es que la otra parte bhusca lo mismo).

Y sobre lo de una definición más científica de libertad: no creo que sea la tarea de la ciencia. Más bien porque el tema de la libertad es lo bastante complejo y profundo como para que la ciencia (que es superflua y en general sirve de más bien poco) pueda ni siquiera acercarse a él.

Saludos.

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