martes, 26 de julio de 2016

Mis recuerdos de la guerra

Ya que el otro día fue el 80 aniversario del inicio de la Guerra Civil Española (para nosotros es, sencillamente, la Guerra, sin apellidos, lo cual da una idea de lo que tuvo que ser). Como es obvio, no la viví, pero mis abuelos me brindaron, directa o indirectamente, sus recuerdos. En su mayor parte me vinieron por la parte materna, con los que tuve más relación por tenerlos más cerca. 

Mis abuelos cantaban en un coro, y fueron a la olimpiada popular que se tenía que celebrar en Barcelona (una forma de protesta del gobierno del frente popular ante las olimpiadas de Berlín) a partir del 19 de julio. Allí les pilló el inicio de la guerra, y mi abuelo se tuvo que ir al frente de Aragón, mientras que mi abuela se fue a Francia en un difícil periplo (buena parte del trayecto lo hizo a pie). Una vez que contaban su historia, recuerdo que mi madre les preguntó cómo es que se arriesgaron a ir a Barcelona con la situación tan revuelta que había, y la respuesta de mi abuela fue que estaban acostumbrados a las huelgas y a los asesinatos políticos, y que en ningún momento esperaban que ocurrieran lo que ocurrió, lo cual es sorprendente. La anécdota instruye sobre la cotidianeidad, que se puede llegar a establecer en los entornos más hostiles imaginables (por ejemplo, mi abuelo nos habló en otra ocasión de una paella que cocinaron en el frente, y de un obús que fue a caer directamente encima de la paellera). Pero también nos dice algo sobre la sorpresa y la imposibilidad de prever lo que está por venir, por más que muchos signos lo anuncien (aunque, claro está, eso es algo que se ve a posteriori). Desde entonces siempre he vivido con la sensación de que en cualquier momento se puede producir un giro del destino que altere y haga tambalear lo que creemos más firme. 

Por la parte paterna, dada la lejanía, no tuve un contacto muy estrecho, pero sí que me llegó un recuerdo postmortem. En una de las veces que hemos ido a la tierra de mi padre, para la boda de algún primo, revolviendo fotos y documentos viejos de mis abuelos, aparecieron una fotos, originales, del hundimiento del crucero Baleares. Lo reconocí en seguida porque había visto recientemente las, digamos, oficiales, y estas se les parecían muchísimo. Sabíamos que durante la guerra estuvo en la marina del bando nacional, pero no los pormenores, y esas fotos le colocaban en una de las principales batallas navales de la guerra (aunque no parece que directamente en el hundido crucero Baleares, sino en alguno de los que le acompañaban). La cosa tiene su aquél, porque él era de tierra adentro, y luego, cosas del destino, iba a acabar teniendo familia balear. 

domingo, 10 de abril de 2016

La nueva política

Detesto la autoayuda y el new age. Paulo Coelho es para mi la auténtica encarnación del diablo. Partiendo de ahí, detecto mucho estilo y lenguaje new age en eso que han dado en llamar la nueva política. Eso de empeñarse en presentarse como nuevos ya es algo sospechoso, como si con la etiqueta quisieran aclarar algo que no se nota en el producto que venden. Eso por no hablar del tono pedagógico y de profesor que está impartiendo la lección de todos sus protagonistas. Que muchos de ellos sean profesores y vengan del mundo de la universidad es un hándicap, por lo que tiene de "yo soy aquí el que sabe y os he venido a enseñar, chicos", y por el alejamiento de la realidad que padece la universidad. Este tono, además, es demasiado uniforme a pesar de sus proclamas en favor de la diversidad, la pluralidad y todo lo múltiple, defensa que únicamente sirve para señalar la intolerancia de los demás, pero que a la hora de aplicarse a ellos, no acaba de cumplirse del todo.

Tengo la mala costumbre de dejarme llevar por las primeras impresiones, y la nueva política no me gustó desde el principio, ni ética ni estéticamente. El paso del tiempo ha ido reafirmando mis sospechas. 

martes, 5 de abril de 2016

Deficiente comprensión

En España padecemos un problema de comprensión. Por exceso (por ver cosas dónde no las hay) o por defecto (por no ver lo que de verdad hay), hay muchas cosas que se malentienden. Y una vez malentendidos, ya no aceptamos explicaciones. Nos ponemos las anteojeras, tenemos el camino seguro trazado y ya no nos salimos de él. 

Podría ser una cuestión de ignorancia. Sería lo mejor. Pero a veces pienso que no es posible tanta ignorancia, que ha de haber un elemento de voluntad, que hay mucha mala leche en ello. 

Las anteojeras no nos las ponen, nos las ponemos nosotros mismos, lo cual es aún más grave. 

miércoles, 30 de marzo de 2016

Somos culpables

Nos dicen que hemos evolucionado, que hemos progresado. Pero uno tiene sus dudas. Lo que ha ocurrido es que se han intercambiado papeles. El lugar que antes ocupaban los sacerdotes, con sus condenas eternas, sus pecados originales, sus liturgias y sus dogmas intocables, ahora lo quieren ocupar otros. La prueba es la virulencia que les dedican, los saben débiles e intentan ocupar su nicho ecológico. 

Como todo sacerdocio, acusan un notable doble rasero, según el cual lo que es condenable en los demás, no lo es para ellos o sus temas favoritos. Para desenmascararlos, basta con usar argumentos simétricos. A modo de ejemplo, nos referiremos a lo que ocurre cuando hay algún atentado islamista. Por un lado, si el atentado es cerca de nosotros, en nuestro entorno histórico y cultural (es decir, en Europa o Norteamérica), en seguida salen a decirnos que "estamos recogiendo lo que hemos sembrado". No digo que no haya algo de cierto, pero desde luego no es algo tan burdo y escaso favor le hacen a lo que pueda haber de verdadero en la afirmación. En cualquier caso, ni si te ocurra insinuar que otro tipo de víctimas son mínimamente culpables (en concreto: las mujeres violadas o asesinadas por sus parejas), porque te cae la del pulpo. 

Por otro lado, cuando el atentado es lejos, cuando no se le da tanta importancia (y estamos de acuerdo en que la reacción a ciertas masacres es muy exagerada, cuando hay otras que pasan muy desapercibidas), tampoco tardan los que salen a denunciar que hay muertos de primera y de segunda. De este modo, se invisten de un aura de bondad y justicia que en el fondo es santurronería y beaterío. Pero no nos engañemos, aunque parece que están reivindicando, en el fondo lo que hacen es condenarte a ti. Porque como buenos nuevos creyentes, lo que importa es señalar culpables. Las víctimas suelen ser una excusa. 

martes, 29 de marzo de 2016

De la nueva censura

Uno de los derechos fundamentales de nuestras democracias es la libertad de expresión. A menudo se señala como una de las grandes diferencias respecto a los regímenes dictatoriales. En éstos hay censura: se vigila cualquier hecho público (presa, música, cine...) en busca de aquello que no le conviene al poder y se intenta eliminar. La figura del censor es omnipresente. En algunos casos, hay hasta delatores que acusan a cualquiera que se porte mal, estableciendo una red de sospechas que tiene a toda la sociedad atrapada. 

Pero que no haya una censura dirigida desde el gobierno, no quiere decir que no haya asuntos sobre los que no se puede hablar o actitudes que es mejor evitar. La pauta la marca el grupo, que parece que de forma espontánea tiende a estas dinámicas de presión. En los últimos tiempos, las redes sociales ejercen esta función de enjambre, reaccionando de forma virulenta ante todo aquello que no gusta. El resultado, sea por lo que sea, es el de un ambiente opresivo en el que te sientes coaccionado a medir tus palabras y a usar determinado vocabulario y expresiones porque sabes que te puedes ganar una bronca. No hay un censor concreto, es algo difuso, no hay un agente concreto que la imparta, pero te sientes incómodo. 

No he vivido la dictadura, pero recuerdo tiempos más libres, en los que el escándalo, cuando lo había, era menos virulento y no pasaba de la expresión de incomodidad frente a algo (que la libertad de expresión también lo ampara, claro está), sin esta pretensión de castigo y escarnio que se ve en los últimos tiempos. Alguien que sí vivió la dictadura, y que luchó contra ella, lo decía hace no mucho: que se sintió más libre entonces que ahora.  

jueves, 18 de febrero de 2016

De los nuevos jóvenes

Un rasgo que veo en las nuevas generaciones es la total falta de conocimiento respecto a lo anterior a ellos. Todo lo que vino antes les es o desconocido o simplemente no les interesa. Como si ellos fueran los primeros. Obviamente, la juventud ha de hacer su camino y tener sus propias vías de expresión, y no ha de constreñirse a lo que los anquilosados les digamos. Eso ha sido así siempre. Pero creo no estar demasiado equivocado al afirmar que antes conocíamos mejor a nuestros padres y lo que a ellos les motivaba y estimulaba. Y nuestros padres lo supieron de los suyos. Incluso hemos degustado lo que nuestros abuelos apreciaban, aunque ya no fuera exactamente nuestro mundo. 

Siempre ha habido brecha entre los jóvenes y los mayores, pero tengo la sensación de que ahora es mucho mayor, que mi mundo, que engloba muchas cosas de los inmediatamente anteriores, ya no es el suyo, que la comunicación es imposible. Tal vez es que me haga viejo y empiece ya con eso tan antiguo (Platón ya lo hacía decir a uno de los personajes de sus diálogos) de que los jóvenes no respetan nada.  

Dijo Newton que si logró ver más lejos que los demás es porque se subió a hombros de gigantes (refiriéndose a otros científicos del pasado). Tengo la sensación de que los nuevos jóvenes creen que ven muy lejos sin necesitar subirse a nada, lo cual les empequeñece.