Cada vez que hay elecciones, tengo la lucha interna de si tengo que ir a votar o no. Durante muchos años fui abstencionista. Luego empecé a ir a votar, sin mucho convencimiento, la verdad. En realidad sólo he acudido ante las urnas en cinco ocasiones (y, para que quede constancia, nunca he repetido mi voto), y apegado a las más egoístas razones. Y como hoy no se cumple el principal motivo que me llevó hasta el colegio electoral en anteriores ocasiones (al estar de vacaciones, no voy a disfrutar esas cuatro horas electorales en el curro), pues como que no voy a ir. Además, está el factor resaca, importante a la hora de ir con las ideas claras. Si no fuera por la previsible reacción de nuestros próceres (que se tirarán los trastos a la cabeza echándose la culpa de todo, sin una pizca de autocrítica), la también previsible enorme abstención tendría que movilizar a algunos. Pero me temo que no va a pasar nada. En cualquier caso, en la tesitura en la que nos encontramos, uno no sabe qué es más irresponsable, si ir a votar o quedarse en casa...
En estos casos, entono los versos de Javier Krahe:
En estos casos, entono los versos de Javier Krahe:
Y por no echar mi voto
en cualquier saco roto
me abrazo a la quimera
que no lleva bandera.
Un viejo residuo
tengo de individuo
que, en vez de hacia a la cola de ir a votar
me lleva al bar.
Ojalá mi ausencia
colabore en conciencia
con la papeleta
que cada cual meta
y que haya mejores
administradores
y que María Cristina sea ejemplar
al gobernar.
Ya que, Dios mediante
no me veo de votante,
vaya por delante
que le pido a mi abstención
campo de acción.
