viernes, 23 de noviembre de 2007

Desprecio


-¿Ya te vas? Yo que quería pasar un rato contigo...

Así me abordó una rubia de bote cuando salía de aquel antro en el que no me gustó ni el ambiente ni la música. Como yo ya estaba más fuera que dentro, con la cabeza puesta en mi cama, que me esperaba en casa, respondí que sí, que ya me iba. Ella insistió en su empeño, que a dónde me iba. Que a casa, le dije yo.

-Pues es una pena.
-Sí, estoy cansado.

Ahí la dejé, plantada, sin que supiera muy bien qué decir. Se notaba que no estaba acostumbrada a que un tío la rechazara de aquella manera, sin siquiera darle un poco de cancha. Su cara reflejaba sorpresa y cierta decepción. Pero es que yo, por la noche, cansado y con algo de alcohol en el cuerpo, me vuelvo negativo e imprevisible, y no estoy para muchos cuentos. Si además tengo en mente ya la retirada, no hay nada que me haga volver atrás.

La cuestión es que la rechacé, y ella se sorprendió. Perdí un polvo (o no, porque a lo mejor era una simple petarda calientapollas, de esas que tanto abundan), pero la satisfacción que me dio ver aquella expresión lo compensaba, y todavía la recuerdo. No me acuerdo ni de su cara ni de su cuerpo (apenas fueron unos segundos), pero sí del estupor que reflejaba aquel rostro. Seguro que, para consolarse, debió pensar que era maricón, y que a los cinco minutos ya había engatusado a algún idiota para que le diera lo que yo no le había dado, y que ya no se acuerda de aquel gilipollas que no quiso pasar un rato con ella. Mejor.

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