domingo, 7 de septiembre de 2008

Confesiones


No me gusta presionar a la gente para que cuente cosas. Esto puede hacer que parezca frío y desapasionado, pasota en una palabra. Pero no es así. Considero que hay que dejar a cada persona su espacio y no entrar en él. Y si se entra, que sea porque te han invitado, no porque hayas forzado la cerradura. Así, que yo no pregunte a alguien por según qué cosas no es por falta de interés o porque no quiera saber nada, sino por puro y simple respeto. Y si quieren contar algo, seré el primero en atenderles y en estar allí y hacer lo que pueda (para lo bueno y para lo malo). Por lo mismo, soy muy celoso de mis cosas, y no me hace ninguna gracia que me estén acosando a preguntas. Si esto ocurre, lo más seguro es que me cierre en banda y no suelte prenda, y en cosas que a lo mejor no me importaría contar. Sin embargo, sin presiones, me puedo abrir fácilmente y con mucha sinceridad.

sábado, 6 de septiembre de 2008

Portazos


Algunas puertas quedan cerradas en apariencia. El más leve soplo de brisa puede reabrirlas. En ese caso, la mejor forma de que queden bien cerradas es con fuerza, dando un portazo (o, si la hay, usando la llave, a ser posible, tragándola después).

viernes, 5 de septiembre de 2008

Olvídate de mí y el nudo

El imprescindible Horrach me recomendó, a través de uno de sus comentarios en este blog (el 1 de octubre de 2007), la película Olvídate de mí (Eternal sunshine of the spotless mind, 2004) de Michel Gondry, en un momento vital lleno de dudas y zozobras (no menos que en cualquier otra época, pero más intensas y "trascendentales"), de mareo emocional. Ya me avisó de que podía ser intensa en aquellos momentos. Y lo fue. Algunas circunstancias de esa lucha interior por olvidar a alguien, de ir contra lo que uno siente, de amar y no querer amar. Es jodido. Jim Carrey (un actor que cansa por sus caruzas, y al que aborrezco a ratos, pero que en otros momentos sabe cuadrar buenas interpretaciones) está muy interesante en su papel de hombre atormentado y hasta cierto punto resentido. Y de Kate Winslett no hay mucho que decir a parte de que es una de las actrices más interesantes del momento (o al menos de las que más me interesan a mí...), y que borda el papel de chica dulce y alocada de la que todos nos enamoraríamos (a mí me enamoró con esas trenzas pelirrojas, que, como bien sabrán los que me conocen, son uno de mis fetiches favoritos). La historia es hasta cierto punto convencional, típica, de amores, desamores, rupturas y desencuentros, pero tratada de una forma magistral y con interesantes implicaciones para la reflexión, lo cual coloca a esta cinta en un lugar especial. Melancólica, extraña, desgarrada, oscura, compleja. Se la clasifica dentro del grupo de las comedias románticas, pero es evidente que es algo más que eso, o que al menos no se la puede poner a la misma altura que otras películas del género (desde luego, duele pensar que se la compare con esas dulzonadas empalagosas de Meg Ryan y Tom Hanks, o las insufribles historietas amoroides de Julia Roberts).

Me tocó adentro. Pero lo que más me impactó fue la banda sonora. Una versión por el genial e irregular Beck del Everybody's gotta learn sometimes de los Korgis. Mantiene el tono melancólico de la original, pero lo multiplica y lo lleva a una dimensión que, al menos para mí, resulta dolorosa. No me canso de escucharla y de ver este video (no es oficial, es un montaje anónimo, pero capta muy bien el espíritu de la película y de la canción), y por mucho tiempo y muchas cosas que hayan pasado desde que la descubrí, sigue provocándome un nudo en el estómago.

jueves, 4 de septiembre de 2008

Sacerdocio


Hay algo sacerdotal en los que nos dedicamos (aunque sea de lejos) a las cuestiones metafísicas.

miércoles, 3 de septiembre de 2008

Ecos de anoche V (o yo de mayor quiero ser Néstor Casas)


Por una vez, usaré el blog interruptus y tiraré atrás una entrada (no se alteren, mañana estará otra vez aquí) porque lo acaecido anoche merece ser relatado y quedar bien registrado para los anales, porque no conviene olvidarlo.

Cita en el Bluesville con los Wonderbrass (hace tiempo que he perdido la cuenta de cuántas veces los he visto, y sé que no va a ser la última). Por una vez, y sin que sirva de precedentes, empezaron casi puntuales, lo cual anunciaba la formalidad que se empezó a manifestar en seguida. Estaban más serios de lo habitual y haciendo sonar sus instrumentos con virtuosismo. "Hoy vienen finos y con más ganas de tocar que de cachondeo", nos decíamos. Pero con tipos como estos, el cachondeo nunca falta, y pronto lo pusieron en marcha. La cosa empezó a desmandarse cuando proclamaron a un grupito de chicas como "las zorras" (no por nada especial, sino porque, cuando pedían al público que rugiera como un león, como una jirafa y como distintos animales extraños, al llegarle el turno a las zorras, ellas fueron las únicas que respondieron), con lo que los chascarrillos de los músicos fueron en buena parte dirigidos a partir de entonces. Los más memorables:

"Salvemos las ballenas, pero que se mueran todas las focas".
"Chicas inocentes es como Inteligencia Militar, son términos contradictorios".

El calor iba aumentando en el local, hasta hacerse insoportable, porque la afluencia crecía y porque la música se iba acelerando. Con el funky empezó el desmadre, que en seguida paró porque era el momento de la pausa para ir a humedecerse un poco el gaznate.

Con la segunda parte de la actuación la cosa se salió de madre. Hasta el momento todo había ido según lo esperado: buena música, risas..., en fin, lo habitual. Pero ahora el público había bebido más y estaba más animado, sobretodo el sector femenino, que era mayoritario. La gente bailaba, y no tardó en volar por los aires un sujetador hacia el escenario. Los músicos, sorprendidos, bromearon un poco sobre el asunto, pero entre el cansancio (soplar con ese calorazo ha de ser agotador) y lo inhabitual de la situación se les veía desbordados. No parecía que tuvieran respuesta a lo que estaba ocurriendo, porque pronto fueron más los sostenes que les lanzaron. Y el alcohol arreciaba y los bailes se hacían más salvajes, y las actitudes más desinhibidas. Una rusa más bien madura empezó a bailar al más puro estilo Boris Yeltsin y, se ve que estaba cómoda, se espatarraba en el taburete, y si tenemos en cuenta que llevaba un vestido corto, no hace falta ser muy listo para comprender que el espectáculo dejó de ser el escenario. Los pobres músicos estaban sobrepasados, pero metían leña al fuego con sus músicas y sus chistes (las miradas cómplices, guiños, risas y caras de incredulidad fueronla tónica en esta última parte).

La guinda la pusieron dos mozas de muy buen ver, borrachas hasta decir basta, émulas de la Winehouse. Estas hicieron una petición calificada de absurda por Nacho Vegas, pero ellos accedieron, copntribuyendo a un final delirante y acorde con todo el desarrollo de la actuación:





Pueden imaginar ustedes cómo cantó el personal y el desmadre que se vivió allí dentro. Pero fue el final, y nos dejaron con la carcajada en la boca y ganas de más, desoyendo al personal, que pedía otra canción con insistencia. Entonces las dos jóvenes beodas se subieron al escenario a montar el numerito y a decir obscenidades por el micrófon, de donde tuvieron que ser desalojadas, no sin antes ser ovacionadas por el público masculino.

En fin, contado es difícil imaginarlo, había que estar allí, pero fue una actuación estupenda y divertida como pocas (y, repito, les he visto muchas veces), tocaron bien y estuvieron graciosos. ¿Se puede pedir algo más?.

Sobre lo de mis aspiraciones para los próximos años, sí, yo de mayor quiero ser Néstor Casas. El parecido físico dicen que lo tengo (con más tripa y menos pelo, pero me dicen que me parezco, será por la envergadura, la perilla, las patillas y esa barba de dos días), y ganas de cachondeo no me faltan. Sólo me hace falta una trompeta y su abultado número de seguidoras...

Y citando al propio Néstor al final de la actuación:

"Como dice aquel sabio proverbio chino: ¡A cascarla!"

martes, 2 de septiembre de 2008

Derrotas


Ayer por la tarde, paseando, pasaron a mi lado una mujer y su hija. La joven tendría no más de veinte años, pero emanaba una belleza y un poderío fuera de lo normal y en evidente estado de gracia. La madre, la verdad, no le iba muy a la zaga, pero le costaba ya seguir la belleza de su hija, empezando como estaba su cuesta abajo. Mis ojos, tras un rápido examen del conjunto, se centraron en la más joven de las dos. Durante unos breves instantes difruté, con disimulo, de aquella maravilla de la naturaleza (no parecía que tuviera nada postizo). Sin embargo, hubo algo que afeó el momento. La mirada de la madre. Por un brevísimo espacio de tiempo pude ver un destello de rabia, de ira contenida. De entrada pensé que el motivo era yo, que había captado la forma en que estaba mirando a su niña y que no le hacía ninguna gracia. Pero en seguida se abrió paso una segunda opción, y es que había la posibilidad de que ese cabreo fuera contra la hija, que llamaba más la atención de los hombres que ella. A buen seguro que hasta hace bien poco, era la madre la que despertaba admiración y robaba miradas allá donde fuese, y lo seguirá haciendo si va sola. Pero ahora, puesta al lado de su hija, ya no tiene nada que hacer. Y esa es una fuerza centrífuga (ha pasado de ser el centro a la periferia) difícil de ser soportada.

lunes, 1 de septiembre de 2008

Experiencia estética


Hay momentos especiales en los que uno se siente casi feliz. Son momentos del más puro estatismo, en los que uno se deja llevar por los sentidos, como disolviéndose en el entorno. El otro día me ocurrió algo así.

En el paseo marítimo de Palma, en el tramo de vía rápida, justo en frente de la ciudad antigua, entre las Avenidas y la avenida de Antoni Maura hay una hilera de bancos de un par de kilómetros. Allí los paseantes paran a descansar y a admirar las vistas (por delante, la ciudad vieja, con sus campanarios y vetustas construcciones, y por detrás la bahía de Palma). Los bancos terminan, en un extremo, justo en frente de la catedral y la Almudaina. Pues bien, con más de treinta kilómetros de Bicicleta en las piernas, y viendo que aún había luz suficiente y era pronto para retirarse, me senté en el último banco. Allí veía pasar la gente, los coches, y, sobretodo, la luz de la puesta de sol sobre el telón de los dos grandes edificios. Todo se conjuró para hacer de ese momento algo especial: la vista, la luz, la brisa marina, la euforia-cansancio del ejercicio (qué gran invento son las endorfinas), y la música. Porque llevaba mi mp4 y en él estaba sonando el cuarto movimiento de la novena sinfonía de Beethoven (por cierto, con según que músicas el ejercicio no cansa igual que con otras). Por un momento todo adquirió sentido y yo me dejé llevar por él. Y era bello, muy bello. Tanto que no pude evitar sacr el móvil y tomar una fotografía que, aunque no captó la grandeza del momento, sí servirá para recordarlo. Aquí está: