jueves, 17 de abril de 2008

Demonio de la guarda


La presencia. Constante, negra, ominosa. Aquella presencia parecía seguirla a todas partes. Pero cuando más la notaba era cuando estaba sentada ante su escritoio, en el silencio de la noche, leyendo o escribiendo cartas. Sentía que alguien la observaba desde detrás, e incluso pudo llegar a sentir su aliento en la nuca. Desde el primer día en que tuvo esa senssación de estar acompañada, de niña, sintió pavor. Pero no se lo contó a nadie, porque el miedo a que la dieran por loca era mucho peor, y perder el vínculo con los suyos era algo que no podía permitirse. Así que siguió adelante, acostumbrándose a esa continua sensación de estar siendo vigilada, de estar en el punto de mira de algo que no sabía qué era (una fuerza, una entidad, no sabía decirlo a ciencia cierta) y de lo que desconocía por completo sus intenciones.

Aunque la sensación era continua, había momentos en que se intensificaba. Uno de los más angustiosos era al acostarse, en esa franja de rara consciencia que precede al sueño. En ese preciso instante se juraba a ella misma que había podido ver la sombra junto a su lecho, y muchas veces eso la sobresaltaba e interrumpía el curso de su duermevela, otorgándole noches de insomnio que le hacían estar el día siguiente en un estado de somnolencia irresistible. Por suerte, aquella figura sólo l ahabía visto unas pocas veces, pero eran suficientes para que sintiera miedo cada vez que se metía en la cama. La cosa era informe y translúcida, como un humo. Pero era negra, de eso estaba segura. Y también de unos puntos rojos que ella interpretó como ojos. Y algo así como unas alas, no sabría bien cómo explicarlo.

Desde luego aquello no era benéfico, porque aunque ella no era desgraciada de un modo especial, la sensación que la acompañaba no era nada agradable. Y eso la convirtió en una muchacha taciturna y poco sociable, retraída y con un cierto talante melancólico. Luchaba contra ello, pero siempre que parecía que se adaptaba un poco, la sensación crecía, y se volvía a hundir en sus temores. Llegó a desarrollar la teoría de que se trataba de una especie de ángel de la guarda oscuro, un demonio de la guarda, que tal vez todos tuviéramos uno y ella, por algún azar ignoto, tenía la capacidad de percibir su presencia acehcante.

Creía que algún día su demonio de la guarda se la llevaría, que acabaría con su ángel y que la mataría. De la forma más horrible imaginable, suponía. Y sólo pensar en ello la aterrorizaba. Porque aquello podía suceder en cualquier momento. Mañana mismo, por ejemplo.

3 comentarios:

anavoeg dijo...

muy bueno me agrada podria tambien ser la que los poetas llamaban inspiracion

Anónimo dijo...

ME LLAMO LA ATENCIÓN TU ESCRITO, PUESTO QUE DESDE NIÑA HASTA LOS 15 AÑOS ME SENTÍA OBSERVADA POR UN SER NEGRO SIMILAR... ME GUSTO TU NARRACIÓN.

cristina flores dijo...

Yo creo que nuestro demonio de la guarda igual nos quiere. Pero a su manera. No me imagino ser atacada a muerte por el