martes, 17 de abril de 2007

Diario de un congreso. Día I


No acostumbro a utilizar mi blog como un espacio en el que poner mis vivencias en plan "querido diario". No es mi estilo. Considero que a nadie le interesa lo que a mi me pasa (ni siquiera a mi), no por estupidez, sino porque en realidad a nadie le va ni le viene lo que vivo, porque no les es vital (o, como dirían los catalanes, no n'han de fer res). A veces dudo de que me interese a mi. Pero voy a hacer una excepción y contaré cuatro cosillas del reciente viaje a Madrid para asistir al XLIV Congreso de Jóvenes Filósofos que tuvo lugar los pasados días 10, 11, 12 y 13 de abril. No pretendo hacer un resumen de las ponencias y conferencias (entre otras cosas porque no asistí a todas y a la mayoría de las que asistí no les presté demasiada atención), para eso van a colgarse en la página web del congreso y ya la enlazará cuando se hayan punblicado, por si alguien tiene interés en leerlas. Lo que quiero es contar impresiones y reflexiones varias en torno a lo vivido y a lo hablado, hacer un relato semificticio de estos intensos días.

El primer día fue el día del viaje, de la partida y la llegada. También el de mi comunicación. Cuando el congreso era inaugurado por Ángel Gabilondo en la Universidad Autónoma de Madrid, yo aún estaba en casa, recién levantado y desayunando. Me perdí la primera sesión de comunicaciones y conferencias. Es lo que tiene vivir en una isla, hacer un congreso justo después de Semana Santa y dormirse en los laureles (la verdad es que me puse un poco tarde con los billetes y no pude encontrar un vuelo antes). Había quedado a mediodía con mi amigo Donatien para ir a al aeropuerto. Él también venía al congreso, más en función de apoyo que otra cosa, porque es un buen amigo y porque le apetecía pasar unos días por ahí. El avión salió muy puntual, y la borrasca perpetua que hemos tenido estos días por encima del país nos meneó un poco, tanto que tuvieron que hacer sentar a las azafatas y hacernos llevar el cinturón de seguridad casi todo el vuelo. A pesar de todo llegamos a Barajas. Allí pudimos ver la cruz de Paracuellos y la T4 (es enorme, pero un poco desangelada, me quedo con Son Sant Joan, no menos grande, pero más "lleno"). También vimos el boquete del atentado del pasado 30 de Diciembre (una especie de zona cero en medio de los aparcamientos de la terminal). Tuvimos que esperar al autobús de enlace entre las terminales para poder ir hasta la estación de metro, que está en la terminal 2 (unos diez minutos en un autobús repleto y agobiante, lleno de gente y de maletas).

El trayecto en metro se me hizo largo, con unos cuantos trasbordos y subir y bajar escaleras. Es sorprendente la de niveles distintos que hay en el metro de Madrid. Te pones a bajar y a bajar escaleras y parece que vas a llegar al centro de la Tierra. Menos mal que el futuro metro de Palma es muy superficial (para cachondeo generalizado, está en fase de pruebas y ya ha descarrilado). Al final llegamos al hostal, dejamos las maletas, y nos dirigimos a la sede de las tardes, el Círculo de Bellas Artes, a empezar con la maratón de comunicaciones y conferencias.

La casualidad quiso que los organizadores programaran mi actuación en esa sesión de tarde. Yo me puse en contacto con ellos para informarles de la posibilidad de que llegara a tiempo debido al tema del vuelo (si hubiera habido retraso no hubiera habido ninguna posibilidad), y me dijeron que me cambiarían de turno y que me comunicarían el cambio. Al llegar allí aún no me habían dicho nada. Le expliqué al chico que había en la puerta la situación y me dijo que no sabía nada del asunto. Ya me lo esperaba. La cuestión es que empezaron a oirse aplausos en la sala, y el chico, sonriendo, me dijo que no había ningún problema, que por él podía salir en ese momento, que ya no quedaba nadie por exponer. Sin tiempo a poder pensar ni a decir nada, me vi arrastrado al interior de la sala, con el chico diciendo que acababa de llegar y pasando entre la gente y sus aplausos en dirección a la mesa del estrado. Saqué mis papeles y, tembloroso por el cansancio del viaje y los nervios, empecé mi actuación. La cosa fue bien, no leí, sino que expliqué lo que había escrito. No me gusta eso de leer el trabajo, más que nada porque el que quiera leérselo que lo lea cuando lo cualguen, así que me limité a resumir las cuatro ideas principales que me interesaba que llegaran a la gente. Al parecer la actuación gustó, y hubo algunos que me lo dijeron. Yo, modesto, no supe muy bien que decirles, y arremetí contra su dudoso gusto.

El resto de la tarde transcurrió entre la relajación postviaje y postcomunicación, el sueño que me dio la cervecita y la tapa que merendé y el aburrimiento de las conferencias que se dieron (hubo una muuuuuy aburrida, al menos para mi). Al salir, a eso de las 21h, nos fuimos a cenar de un bocadillo con Benedicto, un compañero de doctorado de la UIB, el único mallorquín y conocido hasta el momento. Tras la cena, unas cañas frente al Teatro Español (donde, por cierto, se tiene que representar una obra sobre Nietzsche, lo cual me puso los dientes largos) y un poco de charla a ratos seria y profunda y otros ratos delirante y alocada. Los del congreso nos habían preparado a los asistentes una obrita de teatro a la que no fuimos, más que nada porque salimos de cenar a la hora a la que empezaba y nos pillaba un poco lejos, así que nos quedamos hablando y hablando, intercambiando sensaciones y expectativas para el resto del congreso. Dejamos a Benedicto en su hostal y nos fuimos hacia el nuestro. Y como teníamos el hostal en la calle Huertas, que tiene unos cuantos locales de marcha, pues nos paramos a hacer una cervecita en uno de ellos. Estaba semivacío y no había mucha animación. La música, la mierda habitual en estos locales, temas de moda y rollo latino. Pura bazofia. Pero estuvo bien para acabar la jornada. Al terminar no largamos a dormir. El hostal era un poco antiguo, con un pasillo muy estrecho y puertas bajas. La habitación escasa, dos camas no muy incómodas, una camilla, un armario y el baño. Lo justo para dormir, no hacía falta más. Tras mirar si en el baño había algún agujerillo por el que nos pudiera espiar algún Norman Bates de turno. Como no había agujero, nos fuimos a dormir. Me costó un rato, pero al final caí. Al día siguiente tocaba más. Pero eso iba a ser mañana.

5 comentarios:

Jarttita dijo...

No me digas que la entrada no fue emocionante.........digna entrada de película!!!

Veremos el resto de días...:P.

Horrach dijo...

Pez, para quien no sepa que es usted un fiera con las ctónicas, queda algo raro lo de su, no sé cómo llamarlo, ¿'entente'?, con el amigo Donatien; eso de que le acompañe cuatro días a un congreso a 1000 kms de sus casas, donde usted expone pero él no, suena, no sé, ya me entiende :-)

Anónimo dijo...

por capricho del destino he dado con tú blog: interesante, no he podido dejar de leer algunas entradas, y recnozco que me ha "enganchado". Pero debo decirte algo q me haextrañado; cómo alguien tan expresivo y aparentemente educado, no dedica ni un párrafo a la educación?? saludos

El Pez Martillo dijo...

Hola, anónimo, bienvenido a este rincón de la red. Gracias por tus palabras, eres muy amable.

Es cierto que no he puesto nada sobre la educación, y reconozco que es un tema interesante y más o menos candente. Pero si te digo la verdad, no entra dentro de mis intereses inmediatos. No se puede abarcar todo en este mundo y mis derroteros mentales van por otros lados.

Ojos de Lechuza dijo...

Mola. Espero la continuación. Jo, si Jünger escribió -y publicó- sus diarios, ¿a qué rayos tanto miramiento? ;)