sábado, 7 de noviembre de 2009

Los políticos, representantes nuestros

El discurso habitual a pie de calle sobre la política y los políticos es el de hablar de ellos como si fueran una realidad ajena, una especie de cosa más allá de nosotros. No voy a entrar en los absurdos tópicos del "todos son iguales" o el "todo es política". La reflexión que hago a menudo es que esos políticos que tanto despreciamos y criticamos (en algunos casos con toda la razón del mundo), han salido de algún lugar, tienen sus orígenes y sus historias. Vamos, que no son entidades que aparecen por generación espontánea. Del mismo modo que nosotros somos hijos de nuestro tiempo y nuestra sociedad, y le ponemos nuestro punto de originalidad, ellos también lo son. Son representantes de la sociedad en un sentido más amplio que el político. Son portadores de sus vicios, sus obsesiones, sus virtudes. Y claro que cada uno debe poner su parte personal e intransferible, pero no nos engañemos, puede que lo que tanto criticamos en ellos sea lo que en realidad portamos nosotros y no seamos tan distintos.

Porque se puede dar la grotesca paradoja de que el que pone a caldo al político corrupto de turno, esté llevando a cabo, a otra escala y con otra repercusión, el mismo esquema de comportamiento del que abomina. ¿Qué se consigue con ello? Desplazar la culpa, demonizar a otro (que, en sus formas y apariencias parece ajeno, aunque sólo sea por el hecho de aparecer en los "irreales" medios) y señalarlo como el gran culpable de los males de la sociedad. Como si nosotros fuéramos también distintos a la sociedad y a ellos. De este modo quedamos todos contentos y, en nuestra autocomplacencia, seguiremos reproduciendo esas conductas que, corregidas y aumentadas por la lente del poder, nos parecen deleznables, ayudando a que sigan surgiendo nuevos "representantes", a que el mecanismo siga en marcha.

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