jueves, 27 de septiembre de 2007

Huida, vacío, amor, sexo y centro


En nuestra condición arrojada, marcada desde el nacimiento, nos encontramos en continuo movimiento, en una búsqueda incesante de un freno, de un centro en torno al cual orbitar. Y digo orbitar porque el movimiento no cesa, aunque lo más saludable sería ser el centro mismo. Pero el ser humano no puede ser centro, por estar en eterna huida. Los otros son meras imágenes que revolotean junto a nosotros, y tan sólo a algunos de estos otros podemos llegar a entenderlos como algo más que meras imágenes. El cuidado del aspecto exterior es tan sólo la asunción de este hecho, la renuncia al "ser" que acompaña y hace al "humano". Asumimos que no somos más que una imagen, una fantasmagoría que se ofrece a los demás. Nótese, "a los demás". El problema aquí es que los demás nos han convertido en un demás más, dejando por el camino la humanidad. Nadie es nadie. Y todos estamos desplazados en vistas a un otro que es totalmente intercambiable entre sí y con nosotros. Alienados, inauténticos.

Algunos, decía, parecen mostrarse con cierta consistencia. O somos nosotros los que percibimos en ellos una materialidad, un algo que va más allá de la fantasmagoría. Unos por constituir parte efectiva de nosotros desde que tenemos recuerdos (familia), y otros por motivos que en gran medida se nos escapan (amigos). De entre los advenedizos hay quienes se convierten en centro total de nuestra existencia. Se trata de esas personas en las que depositamos eso que llamamos amor. Cuando amamos a alguien, esa persona se convierte en el centro, en lo que vertebra nuestra existencia, y si no está cerca sentimos que nos falta algo. Llegamos a sentirla como más consistente que nosotros mismos, y por eso la amamos, porque nos otorga consistencia, nos centra de algún modo, nos trae algo fijo sobre lo que enriquecer nuestro mundo (e incluso formarlo). Nótese el matiz egoísta que hay en el asunto, pero no nos engañemos, todo en esta vida tiene que ver con nosotros, no hay altruismo posible. Efectivamente, el amor es entrega, pero una entrega destinada a mejor recogernos.

Vemos en la otra persona a nuestro centro, en torno a la cual todo lo nuestro adquiere un sentido y una función, se ordena (el amor como fuerza ordenadora, creadora de mundo). Y quisiéramos estar siempre cerca, porque las revoluciones son más cortas y se adquiere más fijeza, más sensación de quietud y de huida de la huida. El momento de máximo acercamiento de los amantes es el ayuntamiento carnal. Por eso adquiere las significaciones que se le han otorgado, porque los amantes, al juntar sus cuerpos y establecer el juego de los huecos y las protuberancias, se unen con más fuerza, están compenetrados, actúan como una unidad con centro en sí misma. Alcanzan ese estado que el ser humano, por estar arrojado y en perpetua huida desea de forma continua, el de la quietud y la serenidad, que, en sentido estricto, sólo se alcanza con la muerte.

Pero el ser humano es arrojado, es huida, y la situación no puede durar mucho. De ahí la angustia, la sensación de vacío que invade los cuerpos tras la cópula (unida a menudo a una cierta melancolía por el momento pleno vivido).

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Qué buena foto, ¿de quién es?

El Pez Martillo dijo...

Lo desconozco. Sólo hice un googleo y lo enlacé aquí, aunque tiene pinta de publicidad.

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