miércoles 21 de mayo de 2008

Estuporoso


Llevo un tiempo instalado en cierto estupor. En el estupor de ver cómo cosas que creía firmes e inquebrantables se derrumban (o mejor, se diluyen como azucarillos). El estupor de verme a mí mismo, que me creía tan descreído y en cierto modo de vuelta de muchas cosas, sorprendiéndome en el estupor (a esto podría llamarlo algo así como "el estupor del estupor"). Que sigan las sorpresas.

martes 20 de mayo de 2008

Pioneros


Todo lo que no tiene nombre nos introduce en la zozobra, nos mete en un mar en el que no hacemos pie. Sin una palabra, sin un concepto, sin una pinza con la cual agarrar las cosas, éstas se tornan amenazadoras, en tanto que forman una masa indiferenciada que las hace indistinguibles (¿cómo saber si algo que no sabemos de qué se trata no es una peligro para nuestra vida?). Ha de ser duro ser un pionero, hallarse ante algo totalmente nuevo, tener que ponerle un nombre y, por decirlo de algún modo, presentarlo en sociedad. Por norma general, estos casos se acaban trasnmutando en descubrimientos, en momentos interesantes e incluso importantes. Pero claro, eso ocurre cuando ya se han fijado eso novedoso.

Ahora pensemos en un caso extremo: en la enfermedad. ¿Cómo nos sentiríamos ante un malestar al que ningún médico puede ponerle nombre? Pruebas y más pruenbas, pero nadie es capaz de decirnos cuál es nuestra dolencia. Puede ocurrir que se trate de una enfermedad de esas raras, con muy pocos casos y que, por eso, pocos médicos conozcan. Pero puede ser, también, que uno constituya el primer caso de una patología, el que inaugura la serie, el que, tal vez, sea descrito en las publicaciones médicas como rasero para esa nueva enfermedad. Debe ser duro ser un pionero de este modo (para el enfermo y para sus médicos, aunque la gloria del descubrimiento, seguramente, se la lleven éstos).

lunes 19 de mayo de 2008

Sangría


Uno de los fenómenos que está acaeciendo en nuestro tiempo es el vaciamiento de las ciudades de cines. Los antiguos cines, con no más de una sala (que solía ser enorme) poblaban nuestra urbes. Y poco a poco van desapareciendo para dar paso a esas multisalas anexas a los centros comerciales, esos espacios en los que poder hacer de todo casi sin moverse. El cine junto a la boutique, junto a la sala de juegos, donde todo se confunde y todo se compra y se vende (el cine mismo). Pero aún quedan por la ciudad los restos de cuando ir al cine era un acontecimiento, algo más que ir a pasar un rato entretenido. Algunos se han tenido que reformar y adaptarse a la nueva situación (abriendo nuevas salas, acoplando chucherías varias a la puerta...). Otros se han quedado fosilizados, cerrados desde años atrás, mostrando carteles de películas de las que ya nadie se acuerda, acumulando polvo en sus taquillas. Y otros, sencillamente, han cerrado y han dado paso a otras cosas (hoteles, salas de recreativos, edificios nuevos, tiendas de moda tipo Zara, restaurantes, tiendas de los chinos...).

En el caso de Palma, ciudad que intento habitar, son muchas las salas de cine que he visto cerrar: abc, Palacio Avenidas, Hispania, Rialto, Chaplin (este dolió mucho), Lumiére, y el último, que yo sepa, la sala X (a la que nunca asistí, pero que era todo un referente para la ciudad, al menos en lo que al cachondeíto se refiere). Hay un caso especial: el del cine Astoria (en la foto). En 1999 bajó sus persianas, y desde entonces nunca se volvieron a subir. Allí quedó el cartel de la película que se proyectaba ("secuestrando a la srta Tingle"), como si aún fuera posible ir a verla. Todo estaba como detenido. La situación especial de ese cine, privilegiada (al final de las Ramblas, frente al Teatro Principal, en pleno centro de la ciudad), hacía que casi todo el mundo pasara por delante, que todos lo conocieran. Y aquel sitio, lleno de tiendas, de galerías de arte, de bares, mostraba la herida gris de aquella sala de cine, la brecha de esas barreras bajadas. Pero tenía su encanto. Cada vez que pasaba por ahí me preguntaba en cómo estaría la sala. La imaginaba llena de polvo, con sus asientos de terciopelo rojo y su pantalla gris al fondo. Tal vez (seguro) alguna rata había anidado en una de esas localidades. Y los insectos campaban a sus anchas. Visualizaba palomitas en el suelo, podridas, resecas, o algún trozo de algún pastelito, o un charco seco y pegajoso de refresco. Nunca fui a ese cine (no tuve la oportunidad), y el desconocimiento daba alas a mi imaginación.

Pero el presente acabó alcanzando a aquel resto del pasado, y lo transforma. Al poco de hacer la foto (no hace ni un año), empezaron las obras y, aunque aún no sé qué están haciendo allí, bien pronto no quedará ninguna huella del cine Astoria. Ya sólo estará en la memoria de los que paseamos por delante. Y que diremos a nuestros hijos (como hacen nuestros padres con otros cines, como el cine Born): "antes aquí había un cine, la sala Astoria".

domingo 18 de mayo de 2008

Exigente


Escribir es algo más que juntar palabras con un coierto sentido. En mi modesta opinión, hay que añadirle un plus, poner algo ahí, dejar una huella (que no tiene porqué ser subjetiva). Los textos han de latir, han de transmitir un pathos. En lugar de explicar y cerrar, su tarea consiste en abrir. Abrir espacios, heridas, desvirgar sendas y problemas. Si al leer algo no siento esa punzada, esa apelación, pierdo el interés rápidamente, e incluso las letras impresas me parecen incomprensibles, aunque estén ordenadas según un idioma que pueda descifrar. Antes me obligaba a terminar de leer todo lo que empezaba. Ahora ya no, y no me importa dejar libros a medias si no logran decirme nada. Hay mucho por leer, y no hay mucho tiempo. Hay que ser cuidadoso con la selección de lo que se lee. Puede que el problema sea yo, que hoy y ahora no estoy receptivo para según que obras. Puede ser. Ya lo probaremos más adelante, si vale la pena.

Ya no leo para entretenerme. Para eso hay muchas otras actividades. Leo para desgarrarme, para sentir la estimulante inseguridad de la zozobra existencial. Y para eso no vale cualquier cosa.

sábado 17 de mayo de 2008

Ecos de infancia


En los niños podemos descubrir, en algunos gestos, el adulto que serán. Más difícil y más mérito tiene encontrar en los adultos el niño que fueron.

viernes 16 de mayo de 2008

Concomitancias


A veces parece que el mundo se sincroniza, que todo te conduce en una dirección muy determinada. Esto plantea un problema a nuestra libertad, puesto que en estos momentos la posibilidad de que todo ya esté escrito es más posible que nunca. Pero a pesar de ello, se siente uno en armonía con todo lo que le rodea, porque parece que está todo embarcado en el mismo viaje, y la sensación es, cuanto menos, peculiar (en mi caso, cuando esto ocurre siento una serenidad a la que podría calificar, a falta de palabras mejore, de budista).

Se ha señalado en no pocas ocasiones que algunos descubrimientos e ideas han sido planteados al mismo tiempo por distintas personas en lugares muy alejados, como si esas ideas estuvieran en el ambiente y algunas personas especiales, receptivas, las pudieran captar y concretar para el resto del mundo.

Hace poco he vivido uno de estos momentos en los que parece que todo se pone en orden, en que uno piensa una cosa que cree original y estupenda, para tropezar al día siguiente, de forma muy casual, con que alguien antes que él ha dicho lo mismo (y mejor, por supuesto), como si la realidad entera estuviera conspirando para que, al final y de un modo u otro, acabe pensando eso mismo. Supongo que recordarán ustedes la entrada del pasado 5 de mayo, un breve aforismo en el que hablo del poder que para la vida y la salud tiene la enfermedad. En realidad se trata de una idea que llevo tiempo mascullando, pero que viví con intensidad el otro día en medio de la enfermedad y del cansancio que padecía por aquellos días. Quiero que esta idea forme parte de mi tesis doctoral, pero eso no es el asunto de hoy. Lo que quería relatar hoy, y lo que ha motivado todo el discurso anterior, es la lectura, ayer mismo, de esta entrada en el diario de Jünger (me tengo que reprimir mucho para no poner cada día algo de estos diarios) del 28 de marzo de 1940:

"La enfermedad es una pregunta dirigida a nuestra vitalidad; damos respuesta a ella intensificando los signos de vida, como son los humores, la temperatura de la sangre y la energía del espíritu; esta última se vuelve tropical cuando tenemos fiebre. También son importantes los esfuerzos laberínticos que realizamos durante nuestros sueños febriles; a tientas vamos abriéndonos así paso hacia los escondidos tesoros de la salud. Lo que en el fondo ocurre es una prueba a que es sometido todo el corazón"

Creo que no se puede decir de un modo más brillante y atinado.

jueves 15 de mayo de 2008

Me estoy quitando


En una de esas múltiples vueltas que da la vida, puede ocurrir que uno se prometa ir con más cuidado en las cosas del amor. Que se jure y perjure que no se dejará engatusar otra vez más. Que intente poner una barrera y hacerse el duro. Incluso que se diga eso tan manido de "no volveré a enamorarme". Sí, esas cosas ocurren. Pero no hace falta decir que muy a menudo, esto no son más que síntomas de que las guardias están más bajas que nunca. Y que cuando uno se cree invulnerable y en proceso de superación de todo el dolor acumulado, es cuando más fácil resulta que cualquier princesita nos rompa el corazón (incluso esa de la que pretendíamos desentendernos por enésima vez) de la manera más tonta. Porque a veces la prevención es una manifestación de la vulnerabilidad.