
Uno de los fenómenos que está acaeciendo en nuestro tiempo es el vaciamiento de las ciudades de cines. Los antiguos cines, con no más de una sala (que solía ser enorme) poblaban nuestra urbes. Y poco a poco van desapareciendo para dar paso a esas multisalas anexas a los centros comerciales, esos espacios en los que poder hacer de todo casi sin moverse. El cine junto a la boutique, junto a la sala de juegos, donde todo se confunde y todo se compra y se vende (el cine mismo). Pero aún quedan por la ciudad los restos de cuando ir al cine era un acontecimiento, algo más que ir a pasar un rato entretenido. Algunos se han tenido que reformar y adaptarse a la nueva situación (abriendo nuevas salas, acoplando chucherías varias a la puerta...). Otros se han quedado fosilizados, cerrados desde años atrás, mostrando carteles de películas de las que ya nadie se acuerda, acumulando polvo en sus taquillas. Y otros, sencillamente, han cerrado y han dado paso a otras cosas (hoteles, salas de recreativos, edificios nuevos, tiendas de moda tipo Zara, restaurantes, tiendas de los chinos...).
En el caso de Palma, ciudad que intento habitar, son muchas las salas de cine que he visto cerrar: abc, Palacio Avenidas, Hispania, Rialto, Chaplin (este dolió mucho), Lumiére, y el último, que yo sepa, la sala X (a la que nunca asistí, pero que era todo un referente para la ciudad, al menos en lo que al cachondeíto se refiere). Hay un caso especial: el del cine Astoria (en la foto). En 1999 bajó sus persianas, y desde entonces nunca se volvieron a subir. Allí quedó el cartel de la película que se proyectaba ("secuestrando a la srta Tingle"), como si aún fuera posible ir a verla. Todo estaba como detenido. La situación especial de ese cine, privilegiada (al final de las Ramblas, frente al Teatro Principal, en pleno centro de la ciudad), hacía que casi todo el mundo pasara por delante, que todos lo conocieran. Y aquel sitio, lleno de tiendas, de galerías de arte, de bares, mostraba la herida gris de aquella sala de cine, la brecha de esas barreras bajadas. Pero tenía su encanto. Cada vez que pasaba por ahí me preguntaba en cómo estaría la sala. La imaginaba llena de polvo, con sus asientos de terciopelo rojo y su pantalla gris al fondo. Tal vez (seguro) alguna rata había anidado en una de esas localidades. Y los insectos campaban a sus anchas. Visualizaba palomitas en el suelo, podridas, resecas, o algún trozo de algún pastelito, o un charco seco y pegajoso de refresco. Nunca fui a ese cine (no tuve la oportunidad), y el desconocimiento daba alas a mi imaginación.
Pero el presente acabó alcanzando a aquel resto del pasado, y lo transforma. Al poco de hacer la foto (no hace ni un año), empezaron las obras y, aunque aún no sé qué están haciendo allí, bien pronto no quedará ninguna huella del cine Astoria. Ya sólo estará en la memoria de los que paseamos por delante. Y que diremos a nuestros hijos (como hacen nuestros padres con otros cines, como el cine Born): "antes aquí había un cine, la sala Astoria".