Es habitual, por no decir tópico y descerebrado que te digan eso de que "tienes que ser tú mismo". En el supuesto de que exista un "tú mismo" (por lo que he ido escribiendo en días anteriores, y en otros momentos, es fácil deducir que me cuesta crewerlo), éste no puede ser expresado y mostrado. Sólo se me ocurre una circunstancia en la que uno sí es sí mismo, y es harto improbable. Se trata de la soledad. Pero la soledad que es más que un mero estar solo. No se trata de ir paseando sin compañía, porque en este caso estamos puestos ante un contexto que exige cosas de nosotros, que nos constriñe a no ser nosotros mismos. Ni tan siquiera en la soledad de la propia habitación o en el salón de casa se está solo. Sólo se me ocurre pensar en la soledad en las montañas, soledad que acuden a buscar los ermitaños. Pero ellos tienden a ir allá para buscar al absolutamente otro, a Dios, y por lo tanto tampoco es una soledad completa, aunque acudan a las desiertas cimas para la intrspección. ¿Pero quién está dispuesto a abandonarlo todo en pos de sí mismo?. Muy poca gente. Es más, casi diría que es una anomalía. Así las cosas, parece que necesitamos de los otros. Porque nos hace falta un límite mediante el cual mostrarnos, un freno a nosotros mismos, un punto a pertir del cual decidir que empezamos nosotros. Y ese punto son los demás. Pero el precio a pagar es alto, porque no es una decisión que tomemos cada uno de nosotros, sino que viene en gran medida definida por ellos. Así pues, hay individuos, Yoes, desde el momento en que hay sociedad, no parecen cosas indistinguibles, aunque se tienda a separarlos e incluso contraponerlos. Es más, tal vez el impulso yoico surgiera como un freno, como una contrafuerza a las tendencias grupales progresivamente encorsetadoras. Y, paradojicamente, cuanto más uniformizadora y compleja pueda llegar a ser una sociedad, con más fuerza se defenderá la idea del individuo. Individuo que, también como paradoja, necesita de esa sociedad uniformizada para mantenerse, aunque sea de forma un tanto ficticia, puesto que está en su seno y se alimenta de ella para poder afirmarse mejor.
Necesitamos de los demás para ser uno mismo, la soledad absoluta es o bien imposible o bien una anomalía inasimiliable por la gran mayoría. Así que, como refugio para ese sí mismo en continua construcción, como zona de recreo y de mantenimiento de la ficción, sólo nos quedan las soledades relativas, el paseo solitario, el salón de casa, la biblioteca...