lunes, 18 de junio de 2007

La bala saldrá caliente


El final del frío cañón contra su sien. Me gustaría decirle que lo separe un poco, que así la bala será más mortífera. La bala saldrá caliente. Es lo único que puede pensar. La bala saldrá caliente. La bala saldrá caliente. Cierra los ojos. Las manos le tiemblan. El dedo, apoyado en el gatillo, está crispado. Aprieta los párpados. La bala saldrá caliente. Es verano, el frío del metal le da un cierto alivio. Pero la bala saldrá caliente. Preferiría que saliera fría. Es lo único que puede pensar. Si estuviera allí le señalaría lo absurdo que puede llegar a ser el pensamiento en los momentos críticos. A mi se me quedan atascadas canciones en versos concretos. A saber porqué. Él sólo piensa que la bala saldrá caliente. Le podría decir que no va a notar su calor, que antes se apagará la luz y caerá. Pero no es racional. Una lágrima se desliza por su cara, cálida, salada, lenta. La siente recorrer la longitud que separa el lacrimal de la comisura de unos labios que ahora están apretados, finos y casi invisibles. La bala será más rápida. Y más caliente. Y recorrerá una distancia mayor, la que hay entre sien y sien, atravesando y destrozando su cerebro. También le diría que puede que sobreviva, no sería el primero. Muy posiblemente quedaría vegetal, dependiente de los demás, atontado, catatónico, incapaz de hacer nada por poner fin a su sufrimiento, a merced del azar y del tiempo, como todos los demás. Hubiera querido morir heoricamente, salir en los periódicos y que todo el mundo le admirara. Pero es un pobre miserable, y ni siquiera tiene valor de accionar el mecanismo que lanzaría una bala contra sus sesos, destrozando de paso su cráneo, que volaría por todas partes. No tiene valor. Quiere morir, pero ni siquiera tiene fuerzas para eso. No. Porque la bala saldrá caliente. Y en su mente sólo hay lugar para el temor al calor de la bala. No teme ni a la muerte ni a los castigos eternos que algunos predicadores le aseguran. Sólo teme el dolor de la quemadura. Sabe que sólo será un instante, pero se pregunta qué es lo que sentirá en el momento que el proyectil toque su piel. Y le tiene miedo. Poco a poco va tomando fuerzas y valor para disparar. Y al mismo tiempo, de forma paralela, crece la duda. La mano aprieta más y más fuerte la culata del revólver. Y también se separa de su cabeza. La distancia va creciendo. La cara se relaja. Empieza a decidirse. Tal vez la bala no salga caliente, porque ahora no quiere que salga. Despacio, muy despacio, se relaja y se separa la pistola. Aún sigue a la altura de su cabeza, y apuntándole, pero con menos determinación, menos temblorosa.

Mientras tanto, alguien ha bajado del ascensor y se ha acercado a su portal. Y ha accionado el timbre justo en el momento en el que iba a bajar el arma definitivamente. De forma inesperada. Sobresalto. Y con él, el dedo del gatillo se ha crispado y ha dejado salir una bala del tambor. Una bala que ha recorrido el aire y ha penetrado en su cráneo, proyectando sus sesos contra la pared. Todo ha sido muy rápido, pero aún así, por una milésima, ha podido sentir el calor de la bala en su piel. Y no le ha dado tiempo a gritar. Ya lo ha hecho la persona que ha tocado el timbre por él. Y ella lo lamentará, llorará, pero nunca sabrá que, en última instancia, es la culpable de la muerte de su hermano.

3 comentarios:

Horrach dijo...

¿Podría contextualizarnos esta historia, amigo Pez? Es decir: ¿fiction o faction (anécdotas laborales)?, ¿u otro género?

El Pez Martillo dijo...

¿Contextualizar? Es que no sabía qué escribir, vi algo en la tele sobre un suicida y se me ocurrió contar las sensaciones de alguien a punto de pegarse un tiro. Quería hacerlo más dramático, pero al final me salió un giro trágico-irónico.

Me las he tenido que ver con algunos suicidas frustrados, y la verdad, no me cuesta nada pensar que pueda pasar algo así. De hecho, a veces el teléfono o el timbre me pilla por sorpresa y doy un respingo. Si el respingo lo diera con un arma en la mano, posiblemente la dispararía.

Jarttita. dijo...

Ojú...