sábado, 27 de junio de 2015

Contra los egos

Tengo emprendida una cruzada contra el ego y la alta autoestima. Ha llegado la hora de reivindicar la baja autoestima, porque sólo ella es la que nos puede salvar. Ya está bien de tipos encantados de haberse conocido que miran por encima del hombro a todos los demás desprendiendo un desagradable tufo de superioridad con la que reprenden a todo aquel que no se arrodilla ante su paso o, en el peor de los casos, se tira a sus pies para servirle de alfombra. 

Este tipo de gente están por todas partes, de un tiempo a esta parte han proliferado como setas. Pero uno sospecha que se trata de una falsa seguridad, una reafirmación que apuntala un edificio podrido y ruinoso. Por eso se ofenden con tanta rapidez y se muestran agresivos sin motivo. Se trata de egos infantiloides, que no aceptan un no por respuesta y tienen una alta intolerancia a la frustración. Lo peor es que van de maduros y se sienten los campeones de la sociedad, imponiendo poco a poco su modelo, llevándonos al abismo. 

Se hace necesario valorar a las grandes personalidades, las verdaderamente interesantes, las que pasan desapercibidas, siembran (no como los otros, que solo quieren recoger, y cuanto más y más rápido, mejor), y se enriquecen enriqueciendo. Los que parecen blandos, pero resisten temporales y siguen ahí. Los que no están prestos a cualquier batalla, porque saben que la mayoría de las luchas no valen la pena y hay que reservarse para las batallas que sí hay que dar. Los no ostentóreos, los que no se toman en serio y sienten sus debilidades. 

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