lunes, 31 de marzo de 2008

No quiero una motocicleta


Como no me gusta nada la psicología y hoy ando poco inspirado, voy a hacer un ejercicio de psicologismo.

¿Porqué son tan idiotas los pilotos de motocicleta (¿se les llama así?)? Me refiero a esos que se dedican a dar vueltas a un circuito cual ratones enjaulados, vestidos en sus astronáuticos trajes y bien protegidos por el casco. Cada vez que salen en la tele, en los múltiples anuncios que protagonizan, siento una rabia especial. No citaremos, nombres, supongo que cada cual tendrá en mente a alguno. Se les oye engreídos, exageradamente serios, trascendentes, haciéndose los interesantes, como si de sus palabras dependiera el destino del mundo.

Imagino que la cosa se debe a que empiezan a triunfar demasiado jóvenes y a que tienen todo un equipo de mecánicos y gentes varias trabajando para ellos solos, lo cual les hace endiosarse un poco. Y si además, los medios y las gentes te adulan, pues el resultado es lo que vemos en las secciones de deportes (que, esa es otra, tengo mis reparos a aceptar a las competiciones de motor como deportes). Tiene que ser esto o que el casco les compromete el riego cerebral, que también podría ser...

Si sólo fuera así, no hay ningún problema, se cambia de canal y punto. Pero lo grave es que, por la cosa mimética, algunos energúmenos intentan emular a estos pilotos y se creen que la calla es un circuito. Y encima adoptan las mismas actitudes de sobrados con la gente.

¿Se nota que no me gustan las motos?

domingo, 30 de marzo de 2008

Científicos y letrosos

¿Y éstos de qué son?

Siempre ha llamado mi atención cómo cada carrera universitaria tiende a tener un tipo concreto de estudiantes. Como es lógico, en todas partes hay de todo, pero hay tendencias generales. En los campus a la americana (en los que los distintos estudios están concentrados en un mismo lugar) esto se ve muy claro, y resulta chocante ver cómo en cada edificio hay una "tribu" diferente. Y no sólo es en el aspecto exterior y las costumbres, sino que el trato personal también cambia. Ya tenía sospechas de esto, pero las conversaciones con unos y con otros me han ido persuadiendo sobre el asunto. Y es que las carreras de ciencias y las de letras (según la clásica división) tienen formas diferentes de relacionarse. Por norma general, las de ciencias tienden más a la solitariedad, o si se forman grupos, muchas veces éstos son de carácter circunstancial e interesado (el pensamiento científico es lo que tiene, tan objetivo y guiado por fines y expectativas...) y no perduran demasiado. En cambio, las letras son más dadas a establecer grupos más allá del puro ámbito académico.

Mis sospechas se han ido confirmando, y no sólo por la experiencia personal (tan sólo me relaciono con uno de los que estudiaron conmigo enfermería, pero conservo un nutrido, variopinto e interesante grupo de filósofos amigos) sino por los testimonios de otras gentes, tanto de ciencias como de letras. Y si no, sólo hay que darse una vuelta por los bares de las distintas facultades (en mi universidad, el bar más grande es el de la facultad de filosofía) y ver cómo se comporta la gente. E igual que los bares, las bibliotecas son buenos indicadores.

sábado, 29 de marzo de 2008

Ya no es fiesta


En el progresivo proceso de pérdida de aura que nuestro mundo vive, uno de los fenómenos más preocupantes y devastadores es lo que le está sucediendo a las fiestas. Éstas se han convertido en una oportunidad para el negocio del turismo, y se han masificado hasta la caricatura. Se suele decir que para poder participar en una fiesta con plenitud hay que ser del sitio, y puede que sea cierto, pero en las últimas décadas la proliferación de visitantes han desvirtuado y transformado muchas celebraciones.

Del mismo modo en que la presencia de una ćamara altera a los grabados, o que el hecho de que haya un antropólogo en la tribu hace que ésta se comporte de un modo algo diferente (por más que él intente no inmiscuirse en la vida tribal y se integre en ella para no alterarla), la masiva afluencia de turistas a una fiesta también la altera. Y cuando al final resulta que hay más de fuera que de dentro, se produce la paradoja de que la fiesta deja de ser fiesta (al menos en el sentido originario), se pervierte y pasa a ser otra cosa. No es que este proceso sea malo ni haya que condenarlo, sino que tal vez no debamos llamar igual a lo que ya no es lo mismo. Esto sería un modo de reconocimiento de que algo se ha movido. Pero al mismo tiempo supondría reconocer la pérdida, cosa que no tengo claro que muchos pudieran soportar (a tenor de las retóricas identitarias de que hacen gala).

viernes, 28 de marzo de 2008

Tragedia y Akelarre


Cuando hoy en día hablamops de tragedia, solemos entender una historia dramática y lacrimógena. Pero no siempre fue así. En la antigua Grecia la Tragedia, que en ningún caso es asimilable al teatro tal y como lo entendemos nosotros, era una manifestación religiosa que se llevaba a cabo mediante representaciones teatrales. Eso en la época clásica.

Nietzsche fue el primero en poner sobre la mesa el asunto de un origen de la Tragedia nada lírico, sino relacionado con los ritos en los que se rendía culto al dios Dioniso. A pesar de la polémica que sus ideas provocó (que le llevaron a ser apartado de la élite filológica), el tiempo le ha dado la razón, y hoy en día nadie cuestiona esta teoría. De hecho, es comunmente aceptado que el término Tragedia debe traducirse, en su origen, como "canto del Macho Cabrío". El Macho Cabrío es una de las representaciones de Dionisos, y el asunto del canto nos pone ante la música y la danza, que eran las actividades principales de las fiestas dionisíacas (además de la ingesta de bebidas alcohólicas). La Tragedia clásica supondría una estilización de esas fiestas primitivas.

Pero algo de aquello antiguo debió de quedar, y al parecer siempre se celebraron auténticas fiestas dionisíacas (o bacanales, en su forma romana) en las que se daba rienda suelta al desenfreno más salvaje. Como es lógico, estas celebraciones tenían un poder altamente subversivo (porque no estaban sometidas a casi ninguna norma y relajaban en exceso las normas emanadas de los poderes sociales), y rápidamente fueron prohibidas, quedando relegadas a lo secreto y a la persecución. La llegada del cristianismo agudizó el asunto, y las reuniones dionisíacas adquirieron tintes demoníacos y oscuros (aunque es evidente, hay que recordar que el Macho Cabrío es la representación del diablo para el cristianismo).

No parece descabellado pensar que esas reuniones de brujas tan perseguidas sean una pervivencia del dionisismo. Y como prueba tenemos la palabra con la que denominamos estas reuniones: akelarre. Proveniente del vasco, no quiere decir otra cosa sino "campo del Macho Cabrío" (y no hay que desdeñar aquí todo lo publicado en torno al origen de los vascos, que tal vez los entronque con las mismas fuentes primitivas en las que bebieron los griegos y que llevaron a ambos pueblos a dar nombres etimológicamente similares a fenómenos parecidos). Si a esto le sumamos que en los akelarres se ingerían pócimas y se realizaban danzas y cantos rituales, y que tradicionalmente sus concelenbrantes eran mujeres (las encargadas de dar culto a Dionisos también lo eran) resulta bastante plausible que la primitiva Tragedia fuera un Akelarre.

jueves, 27 de marzo de 2008

Falda menguante, pierna creciente

Una clínica gaditana reduce el sueldo a las enfermeras que no llevan falda corta

Supongo que la sección de personal, a la hora de contratar, tendrá en cuenta las piernas de las aspirantes (longitud, forma, no varices y, por supuesto, tampoco pelos).

miércoles, 26 de marzo de 2008

Siempre nos quedará el tuning


"A mí me parece que, cuando se trata de sexo, los hombres se ven atrapados entre una roca y algo que es suave, flácido y apologético.

Los mecanismos sexuales de los dos géneros sencillamente no son compatibles, y ésa es la horrible verdad del tema. Uno es un cochecito, ideal para las compras, trayectos rápidos por la ciudad, y muy fácil de aparcar; el otro es un cochazo, diseñado para largas distancias, mucho más grande, más complejo, y más difícil de mantener. No te compras un Fiat Panda para cargar antigüedades desde Bristol a Norwich, y no te compras un Volvo por la razón que sea. No es que uno sea mejor que el otro; sólo son diferentes, eso es todo.

Ésta es la verdad que no nos atrevemos a admitir en estos días -porque la igualdad es nuestra religión y los herejes no son mejor vistos ahora que antes-, pero lo admitiré porque siempre he considerado que la humildad ante los hechos es lo único que mantiene cuerdo al hombre racional. Sé humilde ante los hechos, y orgulloso ante las opiniones, como George Bernard Shaw dijo una vez.

La verdad es que no lo dijo. Sólo quería darle un poco de respaldo autorizado a esta observación de mi propia cosecha, porque sé que no os gustará.

Si un hombre se abandona al momento sexual, entonces, bueno, eso es todo lo que hay. Un momento, un espasmo, un acontecimiento que no se prolonga en el tiempo. Si, por otro lado, se contiene por medio de recordar todos los nombres que pueda de la carta de colores Titanlux, o el que sea su método preferido para retrasarlo, entonces se lo acusa de ser frío y preocuparse sólo de la técnica. En cualquier caso, si eres un tío heterosexual, salir de un encuentro sexual moderno con honor es algo terriblemente difícil de lograr.

Sí, por supuesto, el honor no es el objetivo del ejercicio, pero eso es fácil de decir cuando se tiene algunmo. Me refiero al honor. Y los hombres no tienen ninguno en estos tiempos. En el ruedo del sexo, los hombres son juzgados por las reglas femeninas. Ya puedes ponerte como quieras, pero es la verdad. (Sí, obviamente, los hombres juzgan a las mujeres en otras esferas -las paternalizan, las tiranizan, las excluyen, las oprimen, las hacen absolutamente desgraciadas-, pero en cuestiones de folleteo, el listón lo ponen las mujeres. Es el Fiat Panda el que está obligado a ser como un Volvo, y no a la inversa) No oyes a los hombres criticar a las mujeres porque tarden quince minutos en llegar al orgasmo; y si lo haces, no es ninguna acusación implícita de debilidad, arrogancia o egoísmo. Los hombres, generalmente, agachan la cabeza y dicen: "Sí, es así como es su cuerpo, es lo que ella necesita de mí, y yo no se lo puedo dar. Soy una mierda y me piraré ahora mismo, en cuanto consiga encontrar el otro calcetín."

Lo que, para ser sincero, es injusto y casi borda lo ridículo. De la misma manera que sería ridículo decir que un Fiat Panda es un coche de mierda sólo porque no puedes cargar un armario detrás. Puede que sea una mierda por otras muchas razones -se avería cada dos por tres, consume aceite, o es de un color verde lima con la palabra "turbo" patéticamente escrita en el parabrisas trasero-, pero no es una mierda porque tiene aquello para lo que fue específicamente diseñado: la pequeñez. Tampoco el Volvo es un coche de mierda, sólo porque no pueda colarse por la barrera del parking y te permita largarte sin pagar.

Incinérame si quieres en una pira de gusanos, pero las dos máquinas son sencillamente diferentes, y eso es lo que hay. Están diseñadas para hacer cosas diferentes a diferentes velocidades, y en diferentes tipos de pavimentos. Sin diferentes. No son la misma cosa. Dispares.

Vale, ya lo he dicho. Tampoco es que me sienta mejor."

Hugh Laurie,
Una noche de perros

martes, 25 de marzo de 2008

Al ataqueee!

No puedo evitar ponerlo. Mis queridos Wonderbrass a la conquista, primero del país, y luego del mundo entero:



Lo único a lamentar es que por Mallorca de cada vez actúan menos.