La psicología humana puede llegar a resultar sorprendente, alcanzando cotas de extrañeza increíbles. Uno de estos casos lo constituye la patología conocida como síndrome de Münchhausen. Ésta consiste en el fingimiento de enfermedades. No es lo mismo que la hipocondría, que sería más bien la creencia de estar enfermo, llegando incluso a desarrollar los síntomas, sino que se trata de inducirse a uno mismo los síntomas para parecer que se está enfermo y así llamar la atención y necesitar los cuidados médicos. Tampoco tiene que ver con el fingimiento de una enfermedad para obtener algún beneficio (una indemnización, una baja laboral...), ya que el fin último está en otra parte, mientras que en la patología que nos ocupa el fin es la enfermedad misma y los cuidados que se han de recibir.
Un caso especial dentro de esta categoría lo constituye el Münchhausen por poderes, que consiste en la inducción de síntomas no a uno mismo, sino a personas a nuestro cuidado, generalmente niños. Suelen ser madres hiperatentas con ellos, que acuden numerosas veces a las urgencias pediátricas, incluso de hospitales diferentes, y con síntomas que a veces resultan extraños y difíciles de clasificar (aunque no siempre, ya que en algunos casos son claros y muy "de libro"). Esto hace que se someta a los niños a pruebas médicas que no dan resultados claros. Si llegan a quedar ingresados, lo normal es que presenten una mejoría y un posterior empeoramiento al volver a su casa. Las madres suelen ser muy colaboradoras y muestran un gran interés en que se les hagan pruebas a sus niños, siendo en general muy bien consideradas por el personal sanitario. Y digo madres porque en la gran mayoría de casos son ellas las inductoras (que en verdad son las auténticas enfermas). Suelen insistir en que se les hagan pruebas a sus hijos, e incluso se muestran más celosas de lo habitual, reclamando un protagonismo inusual. Incluso desarrollan cierta memoria selectiva, olvidando lo que han hecho para enfermar a sus niños y creyendo que la enfermedad que padecen es real. Los métodos son variados, y van desde lo más burdo (dar eméticos para provocar el vómito, laxantes, pesticidas...) hasta lo más sofisticado (inyectar insulina o meter orina por los catéteres venosos, infectar heridas...)
Esta patología suele darse en hogares más o menos desestabilizados, habitualmente donde el padre apenas juega algún papel o se está desarrollando un proceso de separación y la madre busca un modo de llamar la atención. Además, en general e síndorma aparece en familias de calse media con estudios, muy a menudo relacionadas con el mundo sanitario (aunque parezca algo contradictorio, la mayoría de casos se dan en enfermeras).
Cuando se descubre algún caso, que por otro lado no son de lo más habitual, la reacción habitual es la rabia y la indignación, ya que resulta de lo más perturbador que una madre haga eso con su hijo. Porque tenemos muy arraigado en nosotros el asunto (casi me atrevería a decir el mito) del amor materno, que si bien es algo que está ahí, también es verdad que hay madres crueles, egoistas e incapacitadoras (muchas veces en aras de ese gran amor que proclaman por sus retoños). Y tal vez nos sorprendería saber, si se pudieran recontar, la cantidad de gentes que han muerto en la historia a manos de sus madres.
