domingo, 15 de marzo de 2009
Jethro Tull. Thick as a Brick
sábado, 14 de marzo de 2009
El anciano, el refresco y la felicidad
Vamos a ver. Se trata de un anuncio, así que el fin último de todo eso es comercial: vendernos un refresco. Refresco que, dada su popularidad e implantación en el mundo, no necesitaría más publicidad, por lo que ha de apelar a ese sentimentalismo new-age tan en boga últimamente, como si de él dependiera nuestra felicidad (no olvidemos que durante un tiempo, los publicistas nos lo vendieron como "la chispa de la vida"). Aderezan la cosa con una música emotiva, un bebé (los muy puñeteros saben que así nos ablandan más) y un entrañable abuelo, y con ello hacen el cóctel en el que nos deslizan esos pseudomensajes que tanto calan.
Señores publicistas: yo no estoy aquí para ser feliz, sino para vivir. Quedarme con lo bueno representa tirar a la basura lo malo, y como el tiempo es escaso y la vida corta, mejor no andar racaneando con lo que nos ha tocado en suerte (porque podríamos llevarnos la triste sorpresa de que, todo lo bueno junto sea más bien poco, eso sin contar lo agridulce, que tanto tiene de bueno como de malo).
En fin, que intento no ver el anuncio de marras, porque hace que me hierva la sangre, y como hay que ser feliz...
viernes, 13 de marzo de 2009
La vampira de Venecia

Dejo aquí el texto de una noticia que ayer publicó "El País" en su edición digital, y que llamó poderosamente mi atención:
"Un equipo de investigadores italianos sostiene que ha encontrado los restos de una vampira en Venecia, enterrada con un ladrillo encajado entre las mandíbulas para evitar que se alimentara de las víctimas de una plaga que azotó la ciudad en el siglo XVI. Matteo Borrini, antropólogo de la Universidad de Florencia, ha señalado que el hallazgo, situado en una pequeña isla de Lazareto Nuevo, en la laguna de Venecia, apoya la teoría de que en tiempos medievales se creía que los vampiros eran los responsables de la propagación de plagas como la Peste Negra.
"Es la primera vez que la arqueología ha conseguido reconstruir el ritual de exorcismo de un vampiro", ha señalado Borrini a Reuters por teléfono. "Esto contribuye (...) a verificar cómo nació el mito de los vampiros". El esqueleto fue desenterrado en una fosa común de la plaga veneciana de 1576, durante la que murió el pintor Tiziano, en Lazareto Nuevo, que se sitúa a tres kilómetros al noreste de Venecia y que fue empleado como un sanatorio para enfermos de la plaga.
La sucesión de plagas que diezmaron Europa entre 1300 y 1700 alimentó la creencia en vampiros, sobre todo debido a que la descomposición de cadáveres no se comprendía bien aún, ha señalado Borrini. Los sepultureros que reabrían las fosas comunes a menudo se encontraban con cuerpos hinchados por gases, con unas cabelleras que seguían creciendo y con sangre que fluía de algunas bocas, lo que les llevaba a creer que muchos fallecidos seguían vivos. Las mortajas que se usaban para cubrir las caras de los muertos a menudo se descomponían debido a las bacterias en la zona de la boca, lo que dejaba al descubierto los dientes de la víctima. De este modo, los vampiros pasaron a ser conocidos como "comedores de mortajas".
Según textos religiosos y médicos medievales, se creía que los no muertos difundían la pestilencia para chupar la vida que aún quedaba en algunos cadáveres. Así se mantenían hasta que conseguían la fuerza suficiente para volver a las calles. "Para matar un vampiro había que retirarle la mortaja de la boca, que era su sustento, como la leche para un bebé, y colocarle algo incomestible", ha precisado Borrini. "Es posible que se haya encontrado otros cadáveres con ladrillos en la boca, pero esta es la primera vez que el ritual ha sido identificado".
Mientras que las leyendas sobre espíritus sedientos de sangre se remontan a miles de años atrás, la figura moderna del vampiro fue condensada en la novela Drácula (1897), del escritor irlandés Bram Stoker, que se basó el folclore del este de Europa del siglo XVIII."
jueves, 12 de marzo de 2009
Filosofía de bar
miércoles, 11 de marzo de 2009
Primavera criminal
lunes, 9 de marzo de 2009
Enfermería y el paciente descuartizado
La progresiva tecnificación y especialización que nuestra sociedad viene mostrando de un tiempo a esta parte, con todas sus ventajas, no deja de traer algunos problemas. Uno de ellos, poco visible pero peligroso y cada vez más presente es el de la fragmentación. Como cada vez sabemos más cosas sobre todo, es preciso dedicarse en exclusiva a un campo del conocimiento. Así, llegamos a una situación en la que cada uno tiene su ámbito y desatiende los demás. Y, más importante aún, se pierde la visión del todo del cual forma parte el área con la que se trabaja, con lo cual no sólo se produce una cierta miopía que nos impide ver más allá de nuestros dominio, sino un descuartizamiento de la realidad, que es, al fin y al cabo, lo que nos importa.
El sistema sanitario no es ajeno a esta dinámica, y vemos como las distintas profesiones que en él se desenvuelven adoptan posiciones cada vez más específicas en relación a los usuarios, que llegan a ser atendidos por distintos profesionales que, en buena medida, a pesar de la retórica del trabajo en equipo, no conjuntan demasiado sus actuaciones y van cada vez más a lo suyo. Y dado el predominio que siempre ha tenido la medicina en la sanidad, todo ha sido organizado con vistas al trabajo del médico: se han dividido los hospitales por especialidades y el conglomerado de técnicas de diagnóstico y tratamiento (quirúrgicas, farmacológicas, o de cualquier otra índole) ocupan casi monopolísticamente el espacio de trabajo. Incluso la introducción de la Atención Primaria, si bien de modo distinto, también se mantiene dentro de estos esquemas, al menos en la práctica.
Con ello se llega a una tremenda paradoja: tenemos una capacidad enorme para tratar enfermedades, pero no nos ocupamos del enfermo. En efecto, alguien puede acudir con una infección o un dolor, y en buena medida podremos resolverle el problema, pero sin que en ello se vea afectado él para nada. Vienen los especialistas, hacen sus valoraciones (utilizando al usuario como un simple medio para averiguar cuál es el problema), pautan su tratamiento, y para casa. Y entre medias, se ha perdido la visión global del enfermo.
Embarcados como estamos en esta deriva descuartizadora de la que hablaba más arriba, que en estos casos resulta más peligrosa, porque cada uno de nosotros es algo más que un conjunto de órganos y de reacciones químicas, supongo que alguien debe situarse en la perspectiva global e integradora que evite que el enfermo quede reducido a una mera masa de parámetros y números a menudo sin relación entre sí. La idea es que ese alguien sea la enfermera.
Para ello, sería precisa ir más allá de la consideración de la enfermedad como algo que se puede medir y calcular, como una mera alteración biológica más o menos reversible. Y ello afectaría, como es lógico, al concepto mismo de salud (que no sería lo que se tiene cuando no se está enfermo) y a la forma de relacionarnos con los usuarios. Bajo esta perspectiva, la enfermería tiene ante sí un campo mucho más amplio que debe obligarnos a salir del hospital y el centro de salud. El gran problema es cómo plantear nuestro trabajo desde esta perspectiva, porque se hace difícil mantener la visión global cuando todo el mundo está metido en sus agujeros, y desde allí apremian y estiran para que se entre en ellos (es más, ya casi no se entiende el mundo si no es de esta forma troceada y envasada). Y más teniendo en cuenta que este enfoque no parece casar muy bien con la idea actual de ciencia.
A pesar de las dificultades, me parece importante no perder esa visión más general y completa del fenómeno de la enfermedad. Porque no debemos olvidar que no hay enfermedades a secas, sino personas enfermas. Así que, si todo el mundo se dedica a estudiar y trabajar la enfermedad, alguien tendrá que preocuparse del enfermo. Vamos, digo, yo.
