lunes, 7 de julio de 2008

Compuesto y sin Dylan

A veces me paso de ingenuo. Las ganas de ver algo hacen que no calibres bien las posibilidades que se tienen de verlo. Anoche actuaba Dylan en el festival ese que montaron en Madrid. Y yo, en vista de que la 2 retrasmitía los conciertos, ufano y abandonando a Nadal a su suerte, me situé ante el televisor a la hora programada prometiéndome un rato de buena música. Pero no se me ocurrió pensar que este hombre es muy huraño con la prensa y que no se prodiga mucho. Al parecer no dejó que se emitiera la señal del concierto. Ya había dado un aviso cuando en Zaragoza no dejó que ningún medio entrara en el recinto. Parece ser que siempre lo hace. Y lo peor es que yo lo sabía, pero como lo de Madrid era un festival un tanto distinto (al menos mucho más mediático y con más pasta de por medio), no fui a caer en que era muy probable que fuera a hacerlo.

A cambio de Dylan, emitieron un resumen de todo el festival, con algunoms momentos de todas las actuaciones. Pero claro, no compensaba la pérdida. Más tarde me enteré de que muchos artistas habían puesto pegas a la emisión de sus conciertos. Algunos vetaron tan sólo canciones (mientras las tocaban, pusieron publicidad), otros no quisieron que se oyera bien, dejando que sólo saliera el sonido que se oía desde el público, y otros prohibieron que se diera todo el concierto. Vamos, que fue un cachondeo.

Para dejarme con los dientes aún más largos, las crónicas hoy dicen que Dylan estuvo brutal y hasta simpático, que se salió. Y yo me lo perdí. En fin, que he desempolvado algunos conciertos suyos que tengo para resarcirme. Y pongo aquí una actuación memorable y que pone los pelos de punta. Love sick , en la entrega de los Grammy de hace algunos años:

domingo, 6 de julio de 2008

Intempestivo


Todos somos hijos de las posibilidades que nos permite nuestro tiempo (nadie de nosotros puede ser senador romano, inquisidor o descubridor de América). Pero sucede a menudo que uno se siente fuera de la época, como si no perteneciera a ella. La cuestión en estos momentos es si se está por delanmte o por detrás de su tiempo. Aunque, en realidad, poco importa, porque esta modalidad de no estar es uno de los modos de estar que nuestra época pone a nuestro alcance (convendría investigar si esto ha pasado siempre o si se trata de un sentimiento moderno).

sábado, 5 de julio de 2008

Ecos de a(ntea)noche

Hay noches que, vaya usted a saber porqué, los planetas se alinean y todo sale perfecto. Se producen encuentros afortunados, todo el mundo está en sintonía, y la juerga fluye. Sin tener planes específicos de armarla, se terminó armando. Y menuda farra resultó el otro día. DE las que hacen historia. Y como suele ser costumbre cuando hay noches históricas, traigo aquí algunos de los mejores momentos (o relacionados con los mejores momentos).

El primero va para todas esas enfermeras que sí saben curar las heridas (a una en particular, ja ho saps)...:

La casa zul. La revolución sexual

Y este otro, gran momento de hermandad festiva, alcohólica y bajonera, para los alfa del hospital:

USA for Africa. We are the world

viernes, 4 de julio de 2008

Escuelas, chivos, padres y demás.


Dice el populacho que la culpa algo tendrá cuando nadie la quiere. Y es cierto. A la hora de echarle la culpa a alguien, todo el mundo señala a otro lado. Siempre hay alguien a quien acusar y a quien criminalizar. Por norma general se trata de entidades abstractas, difusas o alejadas, que no se pueden defender con facilidad. Madrid, el árbitro, el Gobierno, los nacionalismos, la Justicia, la Inmigración, la Educación... todos tienen alguna culpa. Evidentemente, cada grupo tiene lo suyo y tienen cosas a ser reprochadas. Pero no voy por ahí, sino a esa especie de énfasis que se pone en señalarlos como los culpables de que todo vaya mal (en tiempos de ¿crisis?, se agudizan estas actitudes, lo estamos viendo todos los días), en la culpa que portan por ser lo que son. Basta nombrarlos para que ya se pongan en marcha las susceptibilidades y carguemos en ellos todo nuestro malestar.

Centrémonos, que quería hoy hablar de la Educación. El sistema educativo español funciona en nuestro tiempo como chivo expiatorio de muchas de las carencias de la sociedad. Tampoco es que se trate de angelizarlo, ya que tiene numerosos puntos flacos sobre los que hay que incidir. Pero de ahí a ver en nuestras escuelas el motor de todo lo que ocurre con nuestra juventud hay un trecho grande. Y, como suele ser costumbre, algunos de los que más se quejan son los que más deberían hacérselo mirar. Me nrefiero a muchos padres, que esperan que el colegio haga lo que ellos deberían hacer pero no hacen. Los niños tienden a convertirse en tiranos y a hacer lo que les da la gana. Eso si se les deja. Y los padres son los principales responsables de que no ocurra, más que nada porque el trabajo debe empezar desde muy temprano. Esperar a la edad escolar es esperar demasiado. En mi experiencia con los niños he visto auténticos energúmenos de menos de dos años, incapaces de soportar un no por respuesta, y padres desbordados. Lo gracioso de la situación es que hay veces en que los dominamos más nosotros que sus propios padres. Y qué quieren que les diga, que un pequeño pueda con dos adultos es una auténtica barbaridad que sucede en más ocasiones de las que creemos. Siempre digo que un niño es como un animal, tienen que saber quién manda, lo que pueden hacer y lo que no. Es que parece que aquí el que más deja hacer, el que más tolera es el que más quiere, como si una cosa tuviera que ver con la otra.

jueves, 3 de julio de 2008

Locos al volante


Con el tiempo, se llega a desarrollar una especie de sexto sentido al volante. Uno llega a anticipar los movimientos de los demás. Es asombroso comprobar cómo las precauciones que te has tomado con ese cabrón que está ahí delante, que no pone el intermitente pero que va a cruzarse por delante de ti, resultan adecuadas. Y si uno es algo observador, llega a observar ciertas regularidades a la hora de hacer desastres en la carretera. Así, determinados tipos humanos tienden a cometer determinadas tropelías.

A lo largo de más de diez años de conducción, he podido comprobar que los mallorquines en general no usan los intermitentes, y por lo tanto se te cuelan delante en el carril sin aviso. La cosa se agrava en los cruces y rotondas, ya que, al no señalizar, provocan que los demás perdamos el tiempo esperando a ver qué hace ese idiota. El problema es que esto es contagioso, y al poco de estar aquí, todo el que llega de fuera acaba adoptando esta costumbre tan cómoda para ellos pero incómoda para los demás (muy mallorquín esto, mientras yo esté bien, que se jodan los demás, total, a nadie le importa saber hacia dónde voy). Si atendemos a los orígenes geográficos, en general se puede decir que el colectivo inmigrante tiene sus vicios particulares, como son ir excesivamente lentos (por lo general en coches antiguos de tercera, cuarta, o mayor mano, cargados de gente o de materiales hasta los topes). Esto mismo ocurre con los ancianos, a los que se ve ir inseguros, sin acabar de decidirse sobre en qué carril meterse, haciendo eses y muy a menudo con una rueda en cada carril, impidiendo el adelantamiento, provocando una cola de conductores estresados y ansiosos por pasar. La inseguridad no es sólo cosa de ancianos, sino que las mujeres también están abonadas a ella. Los hombres tienden a ser más bruscos y acelerados, trasladando su testosterona a la conducción. Así, son expertos en acelerones y frenazos, en maniobras peligrosas para ellos y para los demás, en cruzarse, en adelantar en la autopista para meterse en la siguiente salida justo en el último momento (esto provoca en mi accesos de rabia en los que llego a echar espumarajos). Por norma general, cuanto más joven sea el sujeto, más alta lleve la música y más tuneado lleve el coche, más peligro potencial supone, así que más precaución hay que echarle.

Mención aparte merecen otros usuarios de la red vial, como los motociclistas, esos expertos en ponerse en los angulos muertos del retrovisor. Es muy desconcertante oir el motor de una moto cerca pero no ver la dichosa moto. O esos que van haciendo slalom entre los coches. O los que llevan el casco a medio calar. O los que tienen la manía de ir encima de la raya que separa los carriles (eso lo hacen una gran mayoría) en lugar de ir por el centro. Y no digamos ya los ciclistas, que estos parece que tienen su código propio, distinto y ajeno al del resto de los que circulamos (aunque como ciclista confieso que es toda una tentación subirse a la acera ante un semáforo en rojo...).

Yo no soy perfecto, por supuesto, y algún desaguisado hago al volante. Una vez me metí en dirección contraria justo delante de una camioneta de la Guardia Civil. Y otra me salté un semáforo. Eso sin contar la de veces que me he subido a las aceras al aparcar, o esos ámbar que nos obligan a acelerar. O cuando me jode que alguien me quiera adelantar cuando estoy en el límite de velocidad de la carretera y acelero para acercarme al coche de delante y así impedir que adelanten. O el domingo pasado, cuando disfruté como un enano acelerando ante los idiotas que pretendían torearme con banderas y provocando la desbandada de peatones de fiesta que cruzaban por donde no podían (o cuando no podían).

miércoles, 2 de julio de 2008

Trampolín


La primera frase de cualquier texto es como un trampolín sobre el que saltamos a su interior. Por eso es fundamental, porque de cómo se entre depende la experiencia de la lectura. Hay trampolines resbaladizos, por los que se camina inseguro y es fácil darse un batacazo. Hay otros demasiado rígidos, que dificultan el salto. Por eso resulta tan estresante ponerse a escribir algo, porque arrancar es a menudo lo más complicado.

Sin embargo, el trampolín debe estar adecuado al texto que inicia. Al igual que en las piscinas, la profundidad debe ser proporcional a la altura desde la que uno se lanza, para hacer posible un mejor salto. No es de recibo que el trampolín sea precioso y espectacular, y la piscina esté vacía.

martes, 1 de julio de 2008

¿Porqué no te callas?

Todos necesitamos del silencio de tanto en tanto. En él podemos estar a solas con nosotros mismos, aunque estemos acompañados. No me refiero a la soledad de nuestras casas, sino a saber callar mientras otros hablan o, sencillamente, a estar un grupo en silencio. De ahí surgen reflexiones y se refina lo que se pueda llegar a decir. No me gustan estas reuniones en las que todo el mundo habla a la vez, en un eterno monólogo dialogado. A menudo tiendo a pensar que quien más tiene que decir es el que menos habla, y que los que no saben callar, en realidad lo hacen para no percatarse de su vcío.

Evidentemente, todos tenemos días en los que no nos callamos ni debajo del agua, y momentos en los que hay que decir mucho. Yo soy hablador, y me gusta conversar, pero también me acusan a menudo de ser parco en palabras. A veces sale el torrente de palabras, y otras no sé muy bien qué decir. Y esos momentos, lejos de ser incómodos, pueden llegar a ser muy intensos, y en ellos se puede expresar mucho más que las mejores frases.

Para ilustrar lo dicho, una vieja canción que lo dice todo en su título: Depeche Mode, enjoy the silence.