miércoles, 30 de marzo de 2016

Somos culpables

Nos dicen que hemos evolucionado, que hemos progresado. Pero uno tiene sus dudas. Lo que ha ocurrido es que se han intercambiado papeles. El lugar que antes ocupaban los sacerdotes, con sus condenas eternas, sus pecados originales, sus liturgias y sus dogmas intocables, ahora lo quieren ocupar otros. La prueba es la virulencia que les dedican, los saben débiles e intentan ocupar su nicho ecológico. 

Como todo sacerdocio, acusan un notable doble rasero, según el cual lo que es condenable en los demás, no lo es para ellos o sus temas favoritos. Para desenmascararlos, basta con usar argumentos simétricos. A modo de ejemplo, nos referiremos a lo que ocurre cuando hay algún atentado islamista. Por un lado, si el atentado es cerca de nosotros, en nuestro entorno histórico y cultural (es decir, en Europa o Norteamérica), en seguida salen a decirnos que "estamos recogiendo lo que hemos sembrado". No digo que no haya algo de cierto, pero desde luego no es algo tan burdo y escaso favor le hacen a lo que pueda haber de verdadero en la afirmación. En cualquier caso, ni si te ocurra insinuar que otro tipo de víctimas son mínimamente culpables (en concreto: las mujeres violadas o asesinadas por sus parejas), porque te cae la del pulpo. 

Por otro lado, cuando el atentado es lejos, cuando no se le da tanta importancia (y estamos de acuerdo en que la reacción a ciertas masacres es muy exagerada, cuando hay otras que pasan muy desapercibidas), tampoco tardan los que salen a denunciar que hay muertos de primera y de segunda. De este modo, se invisten de un aura de bondad y justicia que en el fondo es santurronería y beaterío. Pero no nos engañemos, aunque parece que están reivindicando, en el fondo lo que hacen es condenarte a ti. Porque como buenos nuevos creyentes, lo que importa es señalar culpables. Las víctimas suelen ser una excusa. 

martes, 29 de marzo de 2016

De la nueva censura

Uno de los derechos fundamentales de nuestras democracias es la libertad de expresión. A menudo se señala como una de las grandes diferencias respecto a los regímenes dictatoriales. En éstos hay censura: se vigila cualquier hecho público (presa, música, cine...) en busca de aquello que no le conviene al poder y se intenta eliminar. La figura del censor es omnipresente. En algunos casos, hay hasta delatores que acusan a cualquiera que se porte mal, estableciendo una red de sospechas que tiene a toda la sociedad atrapada. 

Pero que no haya una censura dirigida desde el gobierno, no quiere decir que no haya asuntos sobre los que no se puede hablar o actitudes que es mejor evitar. La pauta la marca el grupo, que parece que de forma espontánea tiende a estas dinámicas de presión. En los últimos tiempos, las redes sociales ejercen esta función de enjambre, reaccionando de forma virulenta ante todo aquello que no gusta. El resultado, sea por lo que sea, es el de un ambiente opresivo en el que te sientes coaccionado a medir tus palabras y a usar determinado vocabulario y expresiones porque sabes que te puedes ganar una bronca. No hay un censor concreto, es algo difuso, no hay un agente concreto que la imparta, pero te sientes incómodo. 

No he vivido la dictadura, pero recuerdo tiempos más libres, en los que el escándalo, cuando lo había, era menos virulento y no pasaba de la expresión de incomodidad frente a algo (que la libertad de expresión también lo ampara, claro está), sin esta pretensión de castigo y escarnio que se ve en los últimos tiempos. Alguien que sí vivió la dictadura, y que luchó contra ella, lo decía hace no mucho: que se sintió más libre entonces que ahora.  
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