jueves, 8 de diciembre de 2016

Cohen al principio y Cohen al final.

Algunas semanas han pasado ya desde la muerte de Leonard Cohen. Semanas pesadas, en las que un torbellino de recuerdos y sensaciones encontradas se ha ido formando en mi, en esta montaña rusa en la que vivo instalado de un tiempo a esta parte. Su final me ha afectado, incluso tardé algunos días en poder escuchar alguna canción suya, y aún así me costó. No es que fuera un fan histérico que ha perdido a su ídolo, mi pérdida es más profunda, biográfica porque casi sin quererlo, su nombre va a ir unido a algunos hechos importantes de mi vida. 

Un principio y un final. El 11 de agosto de 2009 Leonard Cohen actuó en Palma. Fui al concierto con una amiga, que esa noche dejó de ser amiga para ser algo más. Algo más que ha ido a menos este año, en el que Cohen nos ha dejado. Por eso él está al principio, pero de algún modo también al final, señalando que el círculo ya está cerrado. 

Todo tiene su fin. La vida y sus historias. Y uno quisiera que cada final escondiera el principio de algo nuevo, o al menos su posibilidad, aunque siempre hay un temor (unas veces tranquilizador, otras desasosegante): que después no haya nada y venga el vacío. 

 

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