lunes, 10 de octubre de 2016

Transplantados

Laura y Marcos ya no son padres. Ni siquiera son pareja ya. Su hija de cuatro años sufrió un golpe en la cabeza que no pudo superar. Una caída tonta. Sus órganos fueron donados y se repartieron. Desde entonces, Laura (¿hace falta que diga que es un nombre ficticio?), ha conseguido averiguar a qué lugares fueron enviadas las vísceras de su niña, y viaja a menudo a ellos, con la esperanza de cruzarse con alguien que lleve una parte suya aún viva. Cree que, si llega ese momento, lo percibirá de algún modo. Es lo que la mantiene con algo de esperanza en esta vida. 

Marcos sin embargo se ha vuelto taciturno. La alegría que antes le caracterizaba se ha volatilizado, hasta el punto de que Laura ya no lo reconoce y no ha podido seguir con él, lo cual no ha parecido importarle demasiado.

Ambos viven una vida insípida y neutra. No son los mismos. De algún modo, los dos también han sido transplantados, pero a un suelo estéril en el que ya no hay crecimiento posible, sólo un marchitarse eterno.

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