sábado, 8 de febrero de 2014

Opinad

Veámoslo por el lado positivo: ahora que tenemos en nuestra mano que aquello que opinamos lo pueda saber todo el mundo (o al menos que puedan acceder a nuestras opiniones), y por lo tanto podemos aspirar a cierta influencia, es cuando más presión hemos de soportar para que no podamos expresar nuestras dudas, quejas o anhelos. 

Es muy fácil llenarse la boca con la libertad cuando esa libertad quedaba muy limitada a las barras de bar o al salón de casa. Ahora el mundo en un inmenso salón, y la gente tiene sus criterios igual que siempre, pero ahora todos podemos saberlos, y claro, aquellos a quienes afectan pueden saber lo que de ellos y sus actos pensamos. Y en ocasiones no les hará gracia, y su primera reacción será amedrentar e intentar cortar la hemorragia. 

Obviamente, la contrapartida está en que hemos de opinar mejor, en la medida de lo posible. Sabiendo que podemos tener algo peligroso entre manos, y que no se sabe a dónde puede llegar aquello que lanzamos al mar.  

Usemos, pues, nuestra capacidad para calibrar como están las cosas, no despreciemos aquello que tenemos, facilitemos que aquellos que no soportan la crítica aprendan a sobrellevarla, a amaestrar los oídos demasiado acostumbrados a la adulación, contribuyamos a que se muestren los rostros y caigan las caretas. Porque vivimos un tiempo en que están cayendo esas caretas, y por nuestro bien, aunque sólo sea para que no nos pille por sorpresa la ola que viene, es necesario que, cuando llegue la hora, todos sepamos quién es quién. 
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