martes, 6 de agosto de 2013

Muerto el perro...

Hace unos años, cuando hubo unos devastadores incendios forestales en California, el entonces presidente norteamericano Bush, declaró que la forma de evitar que los bosques se quemaran, era talarlos (vale, no al completo, pero reducir los árboles). Muerto el perro, se acabó la rabia. Esta forma de actuar está demasiado extendida, es casi la más habitual. Que aumentan los parados, cambiamos las condiciones para considerar a alguien como tal y las estadísticas. Que los turistas vándalos abarrotan una calle e impiden el paso de vehículos, prohibimos la circulación. Que los fieles de una mezquita se meten con las agentes de la ORA por ser mujeres y no considerarlas autoridad, pues ponemos solo hombres. No pasa nada. Sólo que no se atajan los problemas (aunque en realidad se intuye que lo que pasa es que alguien sale beneficiado de estas decisiones, que lo importante es contentar a ese alguien, sin importar las consecuencias), y que no se lucha contra la rabia. Al final, puede que cuando hayan matado todos los perros ya no quede rabia, pero yo no estaría tan seguro. Mejor sería investigar una vacuna, pero es más complejo (y caro), y los investigadores son más escasos que los que matan moscas a cañonazos.

1 comentario:

Johannes A. Von Horrach dijo...

No quiero hacer de intérprete de las palabras de Bush, porque a saber si lo dice en sentido maximalista, pero he leído por ahí que es una habitual medida de prevención de incendios talar algunos árboles, para generar ciertas irregularidad en el terreno, o sea, pequeños cortes en la vegetación arbórea para que en caso de incendio estas separaciones hagan de cortafuegos.

Pero estoy muy de acuerdo en su reflexión de que no se atajan las raíces del problema, sino su superficie.

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