sábado, 23 de enero de 2010

La lengua del afecto


En charla de bar y frente a unas cervezas, el otro día tuve una conversación sobre idiomas. no sobre aprendizaje (que también), sino sobre lo que una lengua significa y cómo de algún modo es portadora de algo más que de los significados de las palabras. Y como muestra, un botón. Resulta que tengo la tendencia a hablarles a los animales y a los niños en mallorquín. No me sale hablarles de otra manera. Y no por la cabezonería cazurra del que se empeña en no usar otra lengua que el mallorquín (el catalán, dirían ellos, peron ya nos entendemos), sino por la sencilla razón de que el mallorquín es para mí el idioma del afecto. Es la lengua de mi madre, y también lo era la de mi abuela, y con ellas nunca he usado nada que no sea el mallorquín. Por eso, la ternura y el afecto, esos que se quedan impregnados en la infancia, para mí suenan en mallorquín. Y si quiero ponerme tierno (y los animales y los niños, sobre todo lo más pequeños, suelen ser buenos destinantarios), instintivamente me sale así.

Por otra parte, como me escolarizaron en castellano, si quiero estar correcto y educado, lo que me sale es el castellano. La idea es que en los idiomas hay algo más que la mera comunicación, que en ellos hay depositada todo un sedimento (a nivel personal y colectivo), que va más allá de cuestiones prácticas (como decía mi interlocutor, si nos tuviéramos que guiar únicamente por lo práctico, haría ya tiempo que todos hablaríamos inglés).

3 comentarios:

PENSADORA dijo...

Te entiendo perfectamente. Es súper natural lo que te pasa.

Supongo que si yo tuviera una lengua materna diferente al castellano, me pasaría como a tí.

Muchas veces pienso que si algún día tuviera un hijo (no caerá esa breva), le hablaría mucho en inglés más que nada para irle echando una mano educacional, pero muy posiblemente ese niño terminaría hablandole en inglés a los animales y a los bebés. Como tú con tu mallorquí materno.

En fin... desbarradas...

Saludicos!

Musa dijo...

La verdad es que yo nunca me había parado a pensar en ese aspecto del lenguaje.
He tenido miles de conversaciones en torno a la lengua, aunque por lo general han sido conversaciones bélicas, de esas que hay dos frentes contrapuestos que defienden su terreno despreciando la lengua contraria y enfatizando la propia, ya me entiende.

Por este motivo pensar en el lenguaje en terminos afectivos ha sido una novedad que le agradezco profundamente amigo Pez.

Saludos desde aquí al lado!

El Pez Martillo dijo...

Es que parece que los idiomas son como en Matrix, que uno se los puede instalar en el cerebro y usarlos a placer. Y la cosa no es tan fácil, un idioma es casi nuestro mundo (sin casi, es nuestro mundo), y hablamos de ellos sin pensar y cayendo en posiciones maximalistas y cazurras (ciertamente, musa, en las discusiones lingüísticas hay más cazurrismo que nada, y yo ya he desistido de discutir de esos asuntos, no porque no convenza a nadie, sino porque me da vergüenza ver lo que opina la gente y ver cómo gente que habitualmente es respetable se convierte en energúmena).

Salud, Salut, Health, Salute Gesundheit...!

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