miércoles, 16 de septiembre de 2009

Egon Schiele (1890-1918)

Nunca he sido muy de la pintura. Las artes plásticas no me llaman la atención. Debe de haber algo genético o biográfico en ello (siempre aprobé muy justo en plástica, y soy incapaz de dibujar nada concreto). Pero, claro está, uno tiene sus pintores preferidos. El que más, o al menos uno de los que más poderosamente llama mi atención, es Egon Schiele. No sabría decir porqué. Tal vez por no ser un "primera fila", o por sus descarnados retratos, que dejan entrever algo más que los cuerpos (a pesar de que algunos de sus retratos son marcadamente erótico-obscenos) y los movimientos. Lo más curioso de todo son las manos, el protagonismo que adquieren, las extrañas poses que adoptan, como si intentaran asir algo extraño, informe, escurridizo. O como si, en un enrevesado lenguaje de signos, quisieran emitir un mensaje imposible.


Schiele, que por cierto murió a causa de la gripe de 1918, tres días después de su mujer (que, para redondear la tragedia, estaba embarazada).

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