domingo, 6 de abril de 2008

Hacia las Hurdes.


Hay parajes que dejan huella y que resultan imposibles de olvidar. Paisajes que, bien por la leyenda que acumulan o por su espectacularidad, se marcan a fuego
en nuestra memoria. Algo así sucede con la zona fronteriza entre las provincias de Salamanca y Cáceres. Se trata de la región que comprende la Sierra de Francia (con su santuario de la Peña de Francia), el valle de Las Batuecas y la comarca de Las Hurdes. Es un paisaje montañoso, agreste y bastante inhóspito. Hasta hace apenas unas décadas, era una tierra dejada de la mano de Dios, como registró Buñuel en su tremendo "documental" Tierra sin pan, pero en la actualidad han cambiado la miseria por los hoteles rurales, el turismo de interior y buenas carreteras, que han conseguido que esta zona se enganche al resto del mundo.

Viniendo desde Salamanca, la primera parada (obligada) está en el santuario de la Peña de Francia, lugar en el que se venera una de esas famosas vírgenes negras de origen incierto y leyenda tópica. Más allá del aspecto religioso y simbólico, vale la pena subir a esta cota de 1723 metros de altura por las vistas. Desde ahí arriba se divisan Portugal, algunos embalses y todos los alrededores. Incluso, dicen que en los días claros se puede ver la ciudad de Salamanca, que está a varias decenas de kilómetros.

La Alberca es la siguiente estación. Se trata de un pequeño pueblo que ha mantenido tradiciones ancestrales y un carácter medieval incomparable. En sus casas centenarias podemos observar grabadas fechas, inscripciones antiguas y escudos varios (destaca uno de la Inquisición). A pesar de las hordas de turistas que lo recorren, vale la pena perderse por sus callejuelas, beber de sus fuentas (un agua helada, incluso en agosto, pero buenísima, de esa que destilan los manantiales de montaña). Una de las tradiciones más curiosas que se mantienen en este pueblo es la de la moza de ánimas, una mujer, que al atardecer va paseando con una campana, haciéndola repicar mientras reza por las ánimas del purgatorio. Lo dicho, La Alberca y alrededores (Mogarraz es otro pueblo interesante, menos conocido, pero también muy interesante) mantiene ese sabor medieval que ya en pocos lugares queda. Una última recomendación sobre esta localidad: hay que probar sus embutidos, deliciosos.

La excursión sigue hacia el valle de Las Batuecas. Saliendo de La Alberca, nos encontramos con el puerto de las Mestas, desde el cual se divisa el valle de Las Batuecas, y también la carretera que, serpenteando, nos va a llevar abajo. A partir de aquí el paisaje es puro de montaña, bosques cada vez más cerrados según vamos bajando, arroyos y oscuridad creciente. Hasta que llegamos al monasterio de las Batuecas, pequeño enclave religioso rodeado de ermitas, al que antaño acudían los monjes a aislarse del mundo (y, ciertamente, la sensación que da el lugar, además de una inquietante paz, es la de estar alejado del resto del mundo).

A partir de ahí ya entramos en Las Hurdes, donde apenas queda nada de lo que Buñuel nos mostró. La arquitectura mantiene su carácter austero de antaño, pero por doquier proliferan los restaurantes y las tiendas. Lo que más llamó mi atención fueron los carteles que anunciaban ciripolen, ya que al parecer la industria apícola es uno de los motores de la comarca. También son llamativas las piscinas excavadas en el cauce de los ríos, que aprovechan algún remanso o ensanchamiento para labrar las orillas rocosas y dotar al pueblo de sus piscinas. En general, los pueblos son pequeños y están situados en las faldas de las montañas (en realidad, casi todo es montaña ahí), y tienen nombres extraños y sugerentes para alguien no peninsular: Pinofranqueado, Caminomorisco, Cambroncino, Arrocerezo, Martilandrán, Carabusino, Ladrillar, Aceitunilla... soin sólo una muestra

En resumen, y por no extenderme más, una excursión más que recomendable por uno de los parajes más llamativos del país. Sólo he estado allí una vez, y hace ya años. Pero no se me ha olvidado casi nada, y tengo aquella jornada de excursión grabada en mi memoria. Si surge la oportunidad, no dudaré en volver.

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