domingo, 27 de enero de 2008

Vida y biografía



"Voy a contar ahora la historia del Zaratustra. La concepción fundamental de la obra, el pensamiento del eterno retorno, esa fórmula suprema de afirmación a que puede llegarse en absoluto, - es de agosto del año 1881: se encuentra anotado en una hoja a cuyo final está escrito: «A 6.000 pies más alla del hombre y del tiempo» Aquel día caminaba yo junto al lago de Silvaplana a través de los bosques; junto a una imponente roca que se eleva en forma de pirámide no lejos de Surlei, me detuve. Entonces me vino ese pensamiento." Friedrich Nietzsche, Ecce Homo (1887).

Así relataba Nietzsche en su fantástica autobiografía (es fantástica porque en buena medida se trata de pura fantasía) el momento de inspiración en el que vino a su mente la idea del eterno retorno. Al solitario filósofo le asaltaba la inspiración con frecuencia, y esto solía ocurrir en sus paseos por la montaña, a los que era gran aficionado. Esos instantes extáticos le hacían brotar las lágrimas y no podía contener una risa feliz y contagiosa (si hubiera alguien por ahí), así como una auténtica catarata de pensamientos que no hacían otra cosa que incrementar su estado de arrobamiento. Por eso acostumbraba a llevar consigo un cuadernillo en el que anotaba sus ocurrencias, a menudo de forma fragmentaria y confusa, para luego, en la tranquilidad de su habitación, darles una forma más refinada. Algunos han querido ver en estos arrebatos los tempranos síntomas de un sistema nervioso enfermo que acabaría conduciéndole al manicomio, pero en cualquier caso estaban ahí y él los vivía como fundamentales para su pensamiento, como si él sólo fuera un médium de fuerzas superiores. Al menos esta era la imagen que nos transmitió, porque si rascamos un poco en la superficie, nos damos cuenta de que no es oro todo lo que reluce.

En la filosofía de Nietzsche se encuentra la idea de la vida como experimento, como una tarea que nos obliga a explorar nuevas formas de valoración y nuevas perspectivas respecto al mundo. Y puesto que sólo tenemos nuestro cuerpo, sólo nos queda experimentar con él y con sus avatares biográficos. Por eso el relato de lo que nos acontece es fundamental. Con esto llegamos a la cuestión acerca de la distinción entre el suceso acontecido y el suceso relatado. Porque no es lo mismo lo que nos pasa que lo que luego contamos sobre lo que nos pasa. Tendemos a adornarlo, exagerarlo y modelarlo según conveniencia. Y a Nietzsche le convenía mostrarse como un gran ensayador, y no sólo en el plano de las ideas. Ciertamente, su vida tuvo notas características que la hacen única, pero en muchos otros aspectos era tan anodino como cualquier contemporáneo e incluso como cualquiera de nosotros. A pesar de ello, se esforzó en enseñarse como un auténtico pionero y alguien digno de una admiración desmedida (alguien con suficiente dinamita como partir la historia en dos, llegó a decir de sí mismo). Puede que se trate de la megalomanía propia de alguien al borde de la locura (cuando escribió su más extensa autobiografía, Ecce Homo, en el otoño de 1887, sólo le quedaban un par de meses para el derrumbe definitivo), pero el objetivo con el que escribió esta obra, la de darse a conocer ante un público que empezaba a interesarse en su obra, nos lleva a pensar en otra dirección. Y es que no debe considerarse la biografía como un hecho anecdótico y como una mera carta de presentación para hacer al personaje más entrañable (que algo sea entrañable quiere decir que lo podemos incorporar a nuestras entrañas, hacerlo nuestro, y esto en sí ya es muy nietzscheano), sino que debe leerse como una obra en paralelo a sus otras obras, como un trabajo filosófico más. En parte eso es lo que Nietzsche nos quiere decir en Ecce Homo, que el tomar las riendas y el autodominio que la voluntad de poder exigen de nosotros se dirija incluso a nuestas formas de vida y al relato biográfico. Porque en última instancia, y en vista del deficiente trabajo de la memoria, y del hecho señalado por él mismo en el Zaratustra, según el cual en el presente confluyen el pasado y el futuro, es desde el ahora que se construye todo lo anterior y todo lo posterior, y aunque haya hechos irrefutables ahí atrás, nada me impide revivirlos ahora de otro modo, y reconstruir así a cada momento mi biografía.

Es imposible que Nietzsche no conociera el pensamiento del eterno retorno antes de su llegada al Zarathustrastein (la roca de Zaratustra, en la foto). Desde bien joven conocía a muchos antiguos que trataron sobre el tema (Heráclito, los estoicos), y se contaban entre sus pensadores favoritos. En algunos de sus trabajos de juventud la idea asoma tímidamente la cabeza. Pero tal vez por aquellos días la idea adquirió una profundidad y un sentido que hasta entonces no había ni siquiera sospechado. Y esto tal vez le puso en un estado de ánimo que facilitó el acceso a uno de sus arrebatos de felicidad e inspiración (que, por cierto, podían estar ligados a la belleza estética de los caminos que frecuentaba por los Alpes). Y el arrebato le reforzó la idea. O tal vez no, y tan sólo se trate de una imagen poética para reforzar por la vía estética la idea principal. En cualquier caso, y aunque no fuera vivido así originariamente, nadie puede dudar de que Nietzsche sintió esa inspiración a posteriori, y que en la reconstrucción de su memoria así fue y así nos lo transmitió. Al fin y al cabo, todos hacemos lo mismo cuando contamos a los demás nuestras cosas.

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