viernes, 12 de octubre de 2007

L'estrany


Los sentimientos, lejos de ser esas entidades etéreas que siglos de doctrinas dualistas nos han hecho creer, crecen en la materialidad corporal. Y como todo lo corporal, deber ser cuidado y alimentado para su mantenimiento. Eso sí, el alimento que mantiene vivos a los sentimientos puede no ser tan material, aunque tenga un substrato material. Pero dejémonos de materia, que no es de lo que quería hablar, sino centrémonos en el alimento. Un gesto, un sonido, un detalle, a veces basta muy poco para generar una sensación, y para mantenerla en el tiempo (en la medida de lo posible, porque las cosas cambian y hoy no es igual que ayer, porque yo ya no soy el mismo). Pero a menudo a uno le han generdo sentimientos, ficciones, que a la larga no se han visto alimentados, que se han diluido en el torbellino del día a día. Y también a menudo uno querría que continuaran, que la cosa siguiera adelante, porque los necesita, porque sin ellos no se puede seguir adelante.

Querría hablar sobre el sentimiento hacia la tierra, el apego al lugar donde uno ha crecido, su región, su país. Pero de cada vez más hay menos detalles que a uno le ilusionen con eso. La tierra cambia, nada se mantiene. He tenido muchos motivos para amar mi terruño, pero me los arrebatan. Mis recuerdos, mi infancia, mi juventud, están aquí, pero ya no tengo dónde colgarlos. Muchos de los sitios en los que trascurrí ya no existen o están irreconocibles. Poco a poco van borrando los restos de lo que ha sido mi paso por este mundo, no hay casi nada ya que me recuerde a mi. Y esos detalles son necesarios, porque un árbol, un rincón, un edificio, pueden ser la espoleta que provoque una explosión de memoria. De cada vez me siento más extraño. Paseo por las calles de mi ciudad y no la reconozco, y la única sensación que en mi evocan es el desasosiego, sentimiento nada positivo si lo que se pretende es que ame la tierra. Incluso los que una vez afirmaron amar la tierra la han traicionado, tal vez por no reconocerla ya y no sentirla parte de ellos. No quedan patrias, sólo sistemas de leyes. Habrá quien se agarre al clavo ardiendo de las banderas, intentando evocar lo que un día les hizo sentir la tierra, pero eso no es más que un síntoma más del oculto desarraigo que se extiende como la gangrena, como un cáncer que corroe las entrañas de la sociedad, y que cada vez está más cerca de matarla.

Ya sólo quedan las personas, familiares y amigos, pero son muy pocos, y aunque son valiosos (en realidad, lo más valioso), no llenan del mismo modo, porque sólo nos ofrecen una parcialidad y un al-lado, no un en.

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