sábado, 6 de octubre de 2007

Coreografía


Siguiendo con el tema de la música y colaterales, hoy me apetece hablar sobre el baile. Es otro de esos accesorios que, en la mayoria de los casos, están de más. Como ya dije, la música genera sensación, y el baile debería ser un fruto de esa sensación, del estado interior que se genera. Cada uno de nosotros se sitúa ante la música de un modo diferente. Unos van alegres, otros tristes, otros indiferentes, hay mil formas de acceder. Y cada uno tendrá su respuesta. Y el baile debería ser la expresión de eso, pero no para que los demás lo vean, sino como una forma de completar la experiencia musical, de perfeccionarla. Por eso no me gustan las danzas ritualizadas, los estereotipos, las coreografías. Es auniformización no es compatible con la música. Salvo que se busque que todos sientan lo mismo, porque si el movimiento puede ser expresión de algo interno, también, con el tiempo, puede llegar a modularlo. Esto es lo que con toda probabilidad se busca con los bailes rituales, la sensación de comunión, de que se forma una sociedad cohesionada y sin fisuras.
Y en una época como la nuestra, atomizada y escindida, esa necesidad de demostrarnos que las sociedades somos un cuerpo que nos movemos al unísono es más perentoria que nunca. Y por eso nos dedicamos a bailar igual, siguiendo los mismos pasos, e incluso estamos dispuestos a tomar clases de baile. Eso cuando no nos da por inventarnos coreografias estúpidas para desarrollar cuando suena la canción de moda. Funciona todo igual que la danza tribal: ellos con la excusa de la conexión con los espíritus, y nosotros con lo que es sagrado para nosotros, el tiempo libre (que es muy dudoso, porque a saber qué libertad hay cuando todos hacemos lo mismo).

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