sábado, 8 de septiembre de 2007

Mundo, fuerzas, amor y odio. Esbozos.


Si ayer hablaba de la soledad, hoy me apetece tocar su tema opuesto, el de la compañía. Porque ya dejé entrever que no hay soledad posible,q ue siempre hay referencia a un otro, siempre hay compañía, si bien ésta, en ocasiones puede llegar a ser muy tenue, casi imperceptible y obviable. Porque no lo olvidemos, vivir es estar en un mundo. Y no se me ocurre mejor forma de definir al mundo como compañía, como una comunidad de cosas (en realidad, de fenómenos, de hechos, de sucesos, sensaciones, percepciones...) que se interrelacionan entre ellas y que merced a estas interrelaciones adquieren una configuración. Se establece entre estos ladrillos del mundo un equilibrio móvil en que unos mantienen unas distancias con los otros, a veces más próximas y otras más lejanas. Las fuerzas, por llamarlas de algún modo, que mantienen la situación, podemos agruparlas en dos fuerzas primordiales, que, seamos tópicos, vamos a llamar amor y odio (por quedar un poco más pedante, en griego, Eros y Misos). No confundir con los sentimientos de amor y odio, aunque éstos también guardan relación con el asunto (en esbozo: el mundo no sería más que una configuración gravitatoria sentimental), aquí hablo de fuerzas. El amor une y el odio separa. Aunque, en términos estrictos, se trata de las dos caras de una misma fuerza, ya que lo que me une a algo, lo que me hace estar más cercano, es lo mismo que me separa y distingue de otra cosa. Así pues, habría una única fuerza configuradora, ambivalente, móvil y disociada (porque lleva el odio en sí misma). La cuestión está en dónde reside esta fuerza, si en las cosas mismas, en esos fenómenos que captamos, o si más bien en nosotros mismos, centro mundano y organoizadores. Probablemente en los dos polos.

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