jueves, 7 de junio de 2007

Lenguaje


Cada uno de nosotros es un punto central en el mundo. Todo lo que llamamos mundo pasa por nosotros, por nuestra mente, sólo así podemos dar cuenta de ello, ya que si no pasa por nosotros, no hay forma de saber ni de decir nada. Somos como un centro de procesamiento de datos. Ciertamente hay cosas externas, pero nosotros elaboramos los datos que de ellas percibimos según nuestros intereses y nuestro modo de estar en el mundo (en ello se pueden combinar múltiples influencias, ideológicas, históricas, e incluso biológicas, entre otras muchas). Hablando en términos kantianos, sólo percibimos los fenómenos, que son fruto de haber aplicado nuestras categorías a los noúmenos que tenemos ante nosotros. Todo lo vemos a través de nuestros filtros. Y cada uno tenemos nuestros propios filtros, no hay posibilidad de objetividad en estos temas, puesto que eso supondría considerar las almas como algo objetivo, lo cual iría contra la naturaleza misma de las almas, que son pura subjetividad. Así pues, resulta que todo es desconocido para nosotros, y sólo lo contemplamos en nuestra subjetividad. A cada alma le corresponde un mundo, derivado de su propia dinámica interna. Por eso ante una misma situación, dos personas adoptan posturan distintas, porque tiene una posición distinta en el mundo de cada una. Pero esos mundos son incomunicables, hay un abismo entre ellos.


La cuestión del abismo que nos separa a todos plantea la pregunta de cómo es posible la comunicación entre las personas. Porque es un hecho que podemos trasladar nuestros pensamientos, sensaciones y experiencias a los demás, y ellos a nosotros. Debe haber algo que nos permita hacerlo. Este medio es el lenguaje, que tiende puentes entre nosotros. Pero el lenguaje no deja de ser una ficción y de crear la ilusión de que podemos comunicarnos. Evidentemente, hay un espacio de acuerdo, un lugar común que permite que nos entendamos. Pero siempre queda un residuo de incomprensibilidad, algo a lo que poder seguir llamando “nuestro mundo”. Este espacio común, creado a partir de metáforas que comunican las cosas y sobre las que estamos de acuerdo por el uso común que hacemos de ellas, es la ficción que nos hace creer que manejamos las cosas, que hay una objetividad posible ahí fuera. Como las palabras, que son puentes, no son ni de una orilla ni de la otra del abismo, adquieren la apariencia de cosas-ahí que por lo tanto están fuera y que son objetivas y realmente existentes. Así se crea la farsa del lenguaje y nos creemos capaces de “bailar sobre todas las cosas”. En definitiva, el lenguaje y sus sonidos nos permiten abandonarnos a las cosas, perdernos en la mentira de un mundo objetivo y ajeno a nosotros.


Es agradable sentir que hay un fuera de nosotros, porque hace posible la comunicación y nos abstrae por momentos del aislamiento vital en el que estamos de continuo. El lenguaje permite el alivio existencial, es un bálsamo que nos abandona a las cosas y nos descarga del peso de la soledad que cargamos con nosotros, al crear la ilusión de que no estamos tan solos como perece. Una prueba de ello es la incómoda situación que se produce cuando un silencio interrumpe cualquier clase de reunión. En estas situaciones somos más conscientes que nunca de nuestra posición única y solitaria. Estamos solos junto a otras soledades, en estos momentos lo intuimos. Y cuando alguien rompre el silencio y se establece de nuevo la conversación, sentimos el alivio que nos provoca el sentir que estamos acompañados, que no todo depende de nosotros y que hay cosas ahí fuera ajenas a nosotros y de las que podemos dar cuenta sin más.

2 comentarios:

Jarttita. dijo...

Qué bonito Pez...

El Pez Martillo dijo...

El texto es un fragmento de un trabajo que hice el verano pasado. Forma parte, igual que la entrada siguiente, de los pasos preparatorios para otro trabajo que tengo que hacer.

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