martes, 1 de mayo de 2007

1º de Mayo


Nosotros los modernos nos pavoneamos de tener antes que los griegos dos conceptos que han sido dados, por decirlo así, como instrumentos de consolación en un mundo que se comporta de un modo completamente digno de esclavos, y que además evita angustiosamente la palabra "esclavo": nosotros hablamos de "dignidad del hombre" y de la "dignidad del trabajo". Todos se atormentan para seguir perpetuando miserablemente una vida miserable; esta tremenda necesidad obliga al trabajo que devora, que el hombre seducido por la "voluntad" admira en ocasiones como algo lleno de dignidad. Pero para que el trabajo obtuviese honores y títulos sería necesario ante todo que la existencia misma, respecto a la cual el trabajo es sólo un instrumento de tormento, tuviese algo más de dignidad que lo que suele aparecer en las filosofías y religiones entendidas seriamente. ¿Qué otra cosa podemos nosotros encontrar en la necesidad de trabajar de todos los millones de hombres, sino el impulso de seguir vegetando a cualquier precio: y quién no vería los mismos impulsos omnipotentes en las plantas marchitas, que extienden sus raíces en la roca sin tierra?

Friedrich Wilhelm Nietzsche. Fragmentos póstumos, vol. I (1869-1874). Fragmento 10[1] (págs 269-278). Editorial Tecnos. Barcelona, 2007.

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