domingo, 24 de diciembre de 2006

Superposiciones


La imagen que tenemos de la historia es la de una sucesión de épocas, civilizaciones y manifestaciones culturales. Como en casi todo, hemos hecho que las categorías que de forma inevitable tenemos que usar para manejarnos con los fenómenos pasen por encima suya, dejandolos atrás y convirtiéndose ellas mismas en fenómeno. Así, la imagen que tenemos del acontecer histórico es la de períodos más o menos distintos que se han ido siguiendo unos a otros. Incluso se han puesto fechas concretas para el cambio. Ayer estábamos en la Edad Media y hoy en la Moderna. Es evidente que las cosas son mucho más complejas, y no hay un cambio tan drástico. Es más, la conciencia del cambio suele sobrevenir más tarde de que éste se haya producido, con el paradójico resultado de que los protagonistas del trascendental cambio en ningún momento se plantaeron estar desarrollando ese cambio. Eso ocurre al menos hasta la Ilustración, la Revolución Francesa y todo lo que ha venido después, cuando hemos sido esclavos de las categorías y hemos intentado cambiar el mundo a cada oportunidad que se nos presentaba (con el consabido resultado de que poco hemos cambiado o si lo hemos hecho, ha sido a peor). Para cambiar de verdad (?), no hemos de ser conscientes (en la medida en que podamos cambiar, claro está).

No hay cortes, y cada momento remite a los anteriores. El único corte es el de la distancia temporal, el del salto del presente al pasado, que hace que la relación del pasado con nosotros sea muy distinta (la relación es más bien del presente con el pasado). En cualquier caso, el desarrollo histórico de los acontecimiento es un continuo (aunque desde la atalaya del presente nos importe poco la continuidad, ya que todo mirar atrás es una conexión entre dos puntos distantes). En cada manifestación cultural podemos rastrear sedimentos de épocas remotas, sólo hay que saber mirar. Y cosas que creemos genuinamente actuales o propias de una cultura determinada, al final resulta que enraizan en otras manifestaciones mucho más antiguas o en el poso cultural de la región.

Algo así ocurre con las fiestas que estamos celebrando estos días. Algo en principio tan cristiano como celebrar el nacimiento del Mesías (un hecho que se supone concreto, que se dio en un aquí y un ahora), resulta que tiene toda una historia que va mucho más allá del momento del natalicio de un niño. La fecha coincide más o menos con el solsticio de invierno, el momento del año en que la luz del sol nos alumbra menos, cuando la noche es más larga. A partir de estos días, el sol va ganando terreno. Este hecho astronómico siempre ha sido celebrado y se desarrollaban en estos días festivales para agradecer y festejar la llegada de más luz, promesa de tiempos más cálidos y beneficiosos para los campos. Cada cultura, cada época, lo ha celebrado de algún modo. Y no es que se trate de que el cristianismo haya usado la estrategia sibilina de adaptarse a lo que ya había para imponerse. No lo creo así. Sencillamente pienso que desde el neolítico la humanidad ha vivido asociada al cultivo, a las labores del campo. Y hay días que son muy importantes para los ciclos del campo. En la concepción mágica-animista de esos pueblos neolíticos debía ser necesario aplacar, invocar, festejar las fuerzas que ellos consideraban vitales para todo lo que les importaba. Así tenemos que la lluvia, el sol, la luna y otros fenómenos naturales sean tan importantes en las religiones, en las antiguas y en las modernas. Desde aquel momento, las religiones y hechos culturales que se han ido sucediendo se han superpuesto. La sensibilidad de cada época se ha decantado por unas u otras manifestaciones (ayudados, como no, por un algo de imposición, eso siempre está ahí). La Navidad es el modo cristiano de celebrar el solsticio de invierno, propia de una civilización y unas formas ya más alejadas del campo y que ha ido evolucionando según la sensibilidad de cada momento. Hoy en día, en nuestra sociedad huérfana de dioses, dominada por la omnipotente y omnipresente figura del dinero y todo lo que él trae (ganancias, comercio, comsumo), la forma de celebrar estas fechas es a ritmo de consumo, de gasto exagerado, lejos ya de aquellas saturnales romanas y, aunque aún de forma tenue pero creciente, del nacimiento de un niño-Dios.

En la vieja Europa, la superposición no se ve tan clara. Son demasiados siglos de cierta uniformidad en la que ya nos hemos olvidado de lo que había antes y todo, incluso los restos del paganismo han sido integrados dentro de la visión cristiana (la Inquisición hizo una labor impagable de asimilación, con sus persecuciones de brujas y herejes). Pero en sudamérica la cuestión es mucho más clara. Allí la religión cristiana llegó junto a los conquistadores hace apenas cinco siglos. Y a pesar de la innegable ayuda de las armas, no tuvo más remedio que aliarse con todas las manifestaciones que había antes de ella. Y es muy llamativo cómo se ha combinado la fe cristiana con las formas precolombinas.

Tal vez la fiesta más genuinamente cristiana, la que sí que es originariamente cristiana, sea la Semana Santa. Y ni siquiera, porque coincide con la Pascua judía y de ella toma algunos rasgos. Pero el hecho en sí sí que me parece más o menos genuino (o al menos, históricamente identificable). Aunque, ahora que lo pienso, hay otros dioses y figuras antiguas que mueren y resucitan (en nuestro ámbito, y a bote pronto vienen a mi memoria Pitágoras y Dionisos), así que tampoco está la cosa tan clara. Ni siquiera los santos, que son figuras históricas, personas de carne y hueso de los cuales tenemos más o menos constancia, se libran de la superposición. Tienen más o menos méritos para serlo, y en sus festividades se celebran y recuerdan hechos biográficos. Pero muy a menudo vemos que las fechas elegidas para ese recuerdo no son nada inocentes. ¿O acaso es casualidad que San Juan Bautista, el último profeta, que anunció la llegada inminente del Mesías, el que lo bautizó a orillas del Jordán, se celebre exactamente medio año antes de su llegada, coincidiendo con otro hecho astronómico, el solsticio de Verano?.

Felices Saturnales.

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