lunes, 20 de noviembre de 2006

Il divo


El médico es el divo del hospital. A lo largo de la historia, la medicina ha ido acumulando prestigio y un cierto halo de divinidad. La causa es evidente: es el que nos cura los males, el sujeto al que ponemos en bandeja nuestras vidas, esperando que nos alivie. Esto le ha dado una posición muy destacada en la sociedad. Ser médico era motivo casi de veneración. Sólo por tener el título ya era suficiente para ser respetado y admirado. EL médico del pueblo era una de las fuerzas vivas.
Efectivamente, en los médicos hay que confiar, porque ellos tienen conocimientos de los que los demás carecemos, y conocimientos que resultan vitales para nuestro mantenimiento en la vida. Es lógico que sean gente importante para la comunidad, a pesar de que siempre llega un punto en el que son incapaces de hacer valer su sabiduría.
En la actualidad las cosas están cambiando. La democratización progresiva y creciente del acceso a la información y al conocimiento hace que todos nos creamos que sabemos de todo. Y lo mismo ocurre con la sabiduría médica. Y lo que ocurre es que los pacientes llegan a la consulta creyendo saber más que el médico.

-¿Qué le pasa?
-Que tengo gripe.
-Perdone, señora, pero eso lo tengo que decidir yo.

Este diálogo es real. Y la siguiente frase también:

-Yo sé tanto como usted, he visto todos los capítulos de Urgencias.

Como resultado, la figura del médico va perdiendo su aura casi mística, y se convierte en un técnico más. En parte es culpa de las nuevas formas sociales. Pero también es culpa de ellos mismos. Ya lo he comentado en otras entradas. La medicina actual está demasiado volcada en las pruebas, en los métodos de diagnóstico, dejando de lado aquello del ojo clínico y el diagnóstico basado en los síntomas (que aportaba riqueza a la medicina, puesto que los síntomas son subjetivos, siendo la labor médica una relación intersubjetiva, mientras que ahora se trata de sujetos que se enfrentan a objetos de forma mediada, a atravésde otros objetos). Este abandonarse a las pruebas diagnósticas encarece el ejercicio de la medicina, haciendo que los médicos sean de cada vez más dependientes de cuestiones de márquetin y de criterios comerciales de coste-beneficio. Y claro, así se convierten en una pieza más, a la misma altura que el frutero, el dependiente, o un servidor mismo. El resultado es el de la pérdida de respeto por parte del público (la pérdida de aura, en términos benjaminianos).

Pero el peso de la tradición es muy grave, y ellos siguen actuando como divos, como si el mundo tuviera que pararse a su paso. Cuando el médico habla, todo ha de callarse para atender a sus sabias frases. Hay en ello un cierto desajuste, porque ellos siguen subidos en su pedestal, sin (¿querer?) darse cuenta de que el suelo ha subido hasta su nivel (y ellos se han agachado también).

No planteo un retorno a lo anterior, pero sí un reajuste de la situación, que está un poco alterada. Tanto que a veces se llega a situaciones ridículas.

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